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viernes, octubre 10, 2014

El guante que no evitó la muerte de la profesora Wetterhahn

Riesgo a pesar del protocolo
El fallo del protocolo de seguridad en el caso de ébola en Madrid, ha llevado a la palestra informativa los trajes que se utilizan para aislar a los investigadores de los virus y las sustancias infecciosas con las que trabajan. Los estrictos estándares que se siguen -o se debieran seguir- determinan la vestimenta -como por ejemplo, los guantes- a utilizar por los técnicos, ya que no todos los materiales sirven ante según qué enfermedades ni tóxicos. Aún así, cuando los productos a tratar son muy peligrosos, a veces pueden tener facetas desconocidas para la ciencia que hagan saltar el protocolo más estricto y mejor llevado a la práctica que exista. Tal fue lo que le pasó a la doctora Karen Wetterhahn en 1997, la cual murió a pesar de estar reglamentariamente protegida.

Karen Wetterhahn
Karen Wetterhahn era una profesora de química estadounidense del Dartmouth College de New Hampshire (EE.UU), especializada en el efecto que los metales pesados tienen en el cuerpo y cómo interactuaban con el ADN humano. En enero de 1997, súbitamente, la doctora enfermó con un cuadro clínico consistente en entumecimiento y hormigueo de las extremidades inferiores, así como problemas de visión, coordinación, audición y de habla. Hospitalizada, los primeros análisis daban que su sangre tenía 234 microgramos de mercurio por litro de sangre, cuando lo normal era tener entre 1 y 5 y el límite peligroso eran los 50 microgramos. Se había intoxicado mortalmente con mercurio.


Dartmouth College
Cuando la profesora se enteró, recordó que seis meses atrás había tenido un incidente manipulando dimetilmercurio, una de las sustancias más venenosas que existen y que se utilizaba como tóxico de control en diversos estudios así como calibrador en aparatos de espectrografía. Wetterhahn contó que mientras manipulaba esta sustancia, siguiendo todos y cada uno de los protocolos de seguridad exigidos, una pequeña gota le había caído en el dorso de uno de los guantes de látex que tenía obligación de llevar. Cuando se dio cuenta, rápidamente se quitó los guantes para evitar problemas y no le dio más importancia habida cuenta que había seguido todos los parámetros establecidos para una situación semejante. No obstante, algo falló.

Tras 3 semanas en observación y tras un agresivo tratamiento para anular el mercurio de su cuerpo, la profesora entró en coma, del cual no se recuperó, muriendo el día 8 de junio de 1997 tras desconectarla de los aparatos que la mantenían artificialmente con vida. Una simple gota de dimetilmercurio había acabado con la vida de Karen Wetterhahn, a pesar de haber seguido rigurosa y escrupulosamente todos los protocolos de actuación para la manipulación de un tóxico de primer orden como el nombrado. Los investigadores se pusieron en marcha para saber qué había fallado.


Dimetilmercurio
El dimetilmercurio no era un tóxico de nuevo descubrimiento. Conocido desde mediados del siglo XIX, esta sustancia se mostró enseguida como una de las más potentes neurotoxinas que existen, ya que se evapora muy rápidamente y se absorbe por la piel aún más rápidamente, entrando en el torrente sanguíneo y afectando gravemente el sistema nervioso. Habiendo habido diversos accidentes con el dimetilmercurio, y sabiendo su facultad mortífera, los laboratorios usaban esta sustancia con extrema precaución. Precauciones que siguió estrictamente la malograda Karen.

Sin embargo, y a pesar de haber cumplido las formalidades requeridas, se descubrió que los guantes que supuestamente tenían que minimizar los riesgos de contacto con la toxina, en realidad no eran ningún obstáculo.

Espectrógrafo NMR
La capacidad de penetración del dimetilmercurio es tal, que las pruebas que posteriormente se efectuaron demostraron que una sola gota de este potentísimo veneno era capaz de atravesar los guantes de látex en pocos segundos. Pero no solo los de látex, sino que ni los de PVC, ni los de butilo y ni tan siquiera el impermeable neopreno eran capaces de hacerle frente, atravesándolos todos como si fueran de papel higiénico y llegando a la piel en un tiempo récord. Tan solo la superposición de diversas capas de guantes especiales podrían ser una barrera mínimamente efectiva para evitar la intoxicación.

A partir de estas observaciones, se descubrió que los protocolos que se habían usado para tratar esta sustancia no eran los adecuados, y que unos escuetos guantes de látex no eran ninguna defensa contra el dimetilmercurio, como pudo comprobar fatalmente la profesora Wetterhahn. Los laboratorios, desde entonces, y visto el riesgo extremo que la manipulación suponía para los operarios, empezaron a dejar de utilizarlo en beneficio de otras formas de mercurio más fáciles de tratar y de menos riesgo, tales como el metilmercurio o el etilmercurio.

Sea como sea, el caso de la profesora Karen Wetterhahn demuestra cómo, por muchos protocolos que se implanten, por muchas precauciones que se sigan, lo realmente peligroso es el subestimar los riesgos y, sobre todo, la ignorancia.

Y de ésto último, y como hemos podido comprobar, nuestros políticos tienen un máster.


A veces, ni las precauciones son suficientes

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