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viernes, julio 15, 2016

El insólito fertilizante del Amazonas llamado polvo del Sahara

Polvo del Sahara
A pesar de que, con los actuales medios de comunicación, el planeta se nos ha hecho muy pequeño, la verdad es que, para la escala de un humano corriente y moliente, nuestro mundo es gigantesco. Y si no se lo cree, pruebe a caminar tan sólo 20 km en un día, que verá cómo, distancias que parecen cortas en su coche, moto o incluso bicicleta, se hacen auténticamente eternas cuando las queremos abastar con nuestros medios. Pues bien, lo más maravilloso de todo es la sorprendente capacidad que tiene la Tierra de que, todos los fenómenos biológicos y geológicos que se dan en su superficie, encajen y funcionen talmente como si fuera un reloj suizo. Una interdependencia que llega al extremo de que, para mantener exuberante la selva del Amazonas, resulta imprescindible el polvo que se genera a miles de kilómetros de ella: en pleno corazón del Desierto del Sahara.

Nieve roja en el Pirineo Aragonés
Cuando en el Instituto comencé a recibir mis primeras clases de geología, uno de los detalles que más me impactó fue el saber que aquellos materiales arcillosos de color rojo que formaban los escarpes de la zona montañosa de L'Hospitalet eran así, entre otros procesos, por el acúmulo continuo de polvo del Sahara. Aquellas lluvias de barro -relativamente habituales- que dejan hechos una pena los coches que aparcan en la calle o la ropa que no se ha recogido a tiempo, repetidas en el tiempo durante los últimos milenios, habían sido capaz de depositar toneladas y toneladas de polvo hasta llegar a dar el color rojizo a aquellas tierras de mi entorno. Polvo sahariano que, tiempo a venir, pude comprobar que era capaz de teñir de rojo hasta la superficie nevada de las cumbres del Valle de Arán, demostrando la capacidad de este material de llegar a distancias endiabladamente lejanas de su punto de origen.

27,7 mill. de toneladas anuales
Es en esta capacidad de viajar libremente por el aire, que el polvo generado por la acción de los agentes erosivos en el mayor y más árido desierto del mundo (ver La increíble supervivencia de los cocodrilos del desierto), gracias a las corrientes de aire ascendentes fruto del brutal calentamiento de la superficie del Sahara durante el día, es capaz de llegar hasta las capas más altas de la atmósfera... y quedarse.

Una curiosa forma de abonar
Una vez que estas partículas inferiores a 0,0625 mm (si fueran mayores, serían consideradas arena) llegan a la estratosfera, entran dentro de la circulación general atmosférica. Una circulación general que en la zona tropical circula de este a oeste, y que permite que, impulsado por las fuertes corrientes que circulan en este sentido -y que generan buena parte de los huracanes caribeños-, lleguen a cruzar el Atlántico para acabar depositando su carga mineral.

Depresión de Bodélé
El polvo sahariano, originado mayoritariamente en la zona de la Depresión de Bodélé (Chad) -un antiguo lago desecado más grande que los Grandes Lagos norteamericanos y cuyo último exponente es el actual lago Chad- incluye grandes cantidades de hierro, sulfatos, carbonatos y, sobre todo, de fósforo, que provienen de los restos de diatomeas de agua dulce que formaron los sedimentos de este antiguo fondo lacustre.

Así las cosas, cuando los vientos llegan sobre la cuenca del Amazonas, todo lo que eran altas presiones y corrientes ascendentes sobre el Sahara, se convierten en zonas de bajas presiones y corrientes descendentes, provocando grandes lluvias que riegan toda la zona selvática de Sudamérica. Y aquí está el quid de la cuestión.

Exuberancia amazónica
Al llover tanto sobre el Amazonas, los suelos son muy pobres debido a que el producto de la erosión del suelo sudamericano se lava continuamente, impidiendo que se formen suelos fértiles y profundos sobre los que se asiente la vegetación. De esta forma, las lluvias, al caer, depositan hasta 27,7 millones de toneladas anuales de polvo que viene del Sahara, reponiendo elementos básicos como el fósforo o el hierro y ayudando a que la selva mantenga su exuberancia a pesar de encontrarse -al contrario de lo que pudiera parecer- en una zona extremadamente pobre en nutrientes.

En definitiva, un ejemplo más de interconexión biológica, que nos tendría que hacer recapacitar sobre la necesidad de respetar nuestro entorno, de conocerlo profundamente y de reconocer que, nos guste o no, no somos ni reyes de la creación, ni seres divinos, ni nada que se le parezca, sino, simplemente, una pieza más en este maravilloso engranaje matemático que se llama planeta Tierra.


El polvo sahariano también fertiliza el océano

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