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Hoy, cuento: Encerrado. Crónica de un confinamiento

Durante el mes de marzo de 2020, Amadeu Alemany, director de "La República Santboiana" de Radio Sant Boi (programa en el que colaboro semanalmente desde 2015, ver La aventura radiofónica de un hombre curioso) nos invitó a varios escritores a participar en un libro de relatos dedicado a las vivencias que tendríamos cada uno de nosotros durante el confinamiento. Mi atenazamiento a la hora de escribir durante aquellos días -me resultaba imposible escribir dos líneas seguidas- me hizo llegar tarde a la fecha máxima de entrega (el 23 de abril, Sant Jordi) y, entre ello y otras circunstancias, al final no se incluyó en el libro, quedando en el cajón de los documentos que nunca salieron a la luz.

Hace unos días, desde el Museu de L'Hospitalet se hizo un llamamiento para que todas aquellas personas que hubieran creado alguna cosa durante aquel estricto confinamiento, los cediesen para hacer una exposición multimedia dedicada a aquel momento histórico llamado "Memòries d'una Pandèmia". Se me encendió la bombilla y hace unos días que aquel relato olvidado lo cedí para que quedara para la posteridad. 

Dicho relato expresaba lo que más hondo corría por mi ser en aquellas fechas y he decidido colgarlo en Memento Mori! para que lo podáis disfrutar (o padecer) vosotros también. Con todo, lo que veréis a continuación es la traducción al castellano de aquel relato ya que estaba escrito originariamente en catalán. Versión, la catalana, que es la que ha sido donada.

Espero que os guste.



Encerrado. Cuatro paredes. Un trozo de cielo.

Aislado dentro de casa, viendo el mundo por el agujero de mi concisa terraza de 6 m2 embutida en medio del anfiteatro de pisos que me rodean y se me echan encima, veo pasar la vida. Lenta. Vertiginosa. Incluso aquel temido cambio horario que tanto me trastoca la cabeza cuando llega, esta vez ni lo he sentido. Nada. Como si no hubiera existido. Como si no estuviera en este mundo.

Llueve.

Ya llevamos demasiados días de confinamiento y no se ve la salida por ninguna parte. El virus, este maldito virus, invisible y mortífero, de tan pequeño que es lo ha inundado todo. Las barandillas, los pomos, el aire, los besos, las caricias, los abrazos, las noticias, los consejos de ministros, los uniformes ... todo.

Un día tras otro. Todos con aquella uniformidad de quien no siente si respira o no. Me pierdo en la inmensidad de mi mente. En la cinta de Moëbius de una rutina que no he elegido pero a la que me veo abocado para sobrevivir y hacer sobrevivir a los míos. Rutina. Sol. Nubes.

Llueve.

Días y días de lluvia. Parece como si el mismo planeta quisiera limpiarnos de la superficie del planeta. Nunca había sentido un aire tan limpio, tan puro y tan vivificante en este frenopático de cemento y asfalto que llamamos ciudad. Como si alguien quisiera lavar todo el mal que hemos podido hacer durante años y años de insensatez y pretendiera echar el reloj atrás en la búsqueda de un pasado idílico que nunca hemos conocido. Tras los cristales goteados pasa la vida. Vertiginosa. Lenta.

Llueve.

Un aplauso se desata entre el vecindario a la absurda y puntualísima hora de las 7 y 59 de la tarde. Cada día lo mismo. ¿Qué lleva a la gente a aplaudir día tras día en el interior de una pequeña manzana donde nadie ve ni escucha a nadie más que a ellos mismos? ¿Agradecimiento? ¿Aburrimiento? ¿Moda? No lo se. Posiblemente tampoco me importe. La vida continúa. Igual que ayer. Igual que anteayer. Igual que mañana.

Sí, sigue lloviendo.

Tragicomedia continua. Los muertos siguen subiendo y subiendo, pero ya hemos alcanzado la cima. La curva ya se aplana y cada vez hay menos pero, como en el chiste, no hacemos más que sumar; pero a cada cifra más baja, en vez de estar más aliviado, cada vez estoy más borracho. Borracho de una realidad que se lleva para siempre amigos, conocidos, familiares. Realidad que no puedo cambiar y que me veo obligado a ver desde detrás del grosor de una puerta que me separa de un microscópico virus; que me separa de una existencia que, aunque la abra, ya no existe.

Una luz se cuela por la mirilla de la gruesa puerta. Como la luz al final del túnel me ilumina, por unos instantes, mi gris día. Una débil luz de esperanza parece acercarme al destino que tengo ganas que llegue. Salir. Vivir. Respirar. Alguien que baja. Miro por la mirilla. Mierda. Una camilla. Un cadáver. Un estremecimiento me sacude el alma.

Llueve.

Viviendo en un círculo interminable, la vida vuelve hoy a empezar. Igual que los otros días anteriores. Sólo escribir y manteniéndome activo para mantener el ánimo a los demás me da el ánimo a mí para continuar girando la rueda. Un día y otro día. Un día y otro día. Hay otros para quienes la rueda ha dejado de girar. Definitivamente.

Sol. Nubes.

Cada día hace más calor. Cerrado entre mis cuatro paredes parece que los días se alargan, pero no lo podría asegurar. Todo sigue igual que aquel día lejano en que me confiné. Los mismos puntuales aplausos en la misma impuntual hora, la llegada del sufrido repartidor que me lleva la comida que encargo por internet, la surrealista rueda de prensa de los políticos. Hoy han dicho que la salida será pronto y que, poco a poco, volveremos a salir. Esperanza.

Llueve.

Ya podemos salir. Hoy se ha levantado el confinamiento. Al final. Sin embargo, no escucho a nadie saliendo. Los pisos están llenos de vida, lleno de gente inquieta, que ríe, que canta, que grita, pero nadie baja por las escaleras. ¿Qué está pasando? ¿Por qué tengo miedo?

Lloro.

Tras los cristales goteados pasa la vida. Vertiginosa. Lenta.
Tras los cristales goteados pasa la vida. Vertiginosa. Lenta.

Comentarios

Carme ha dicho que…
Molt emotiu i molt sincer. Gràcies

Carme Salas Cusidó
Ireneu Castillo ha dicho que…
Moltes gràcies, Carme! Una forta abraçada i gràcies també per seguir-me tan fidelment! :-)

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