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viernes, marzo 04, 2005

Hoy, cuento: El Soldado

Hoy no os voy a dar la murga con la situación política, ni con la lengua, ni con nada por el estilo, porque hablar mas de lo mismo, como que aburre. Hoy el "post" será un cuento corto que escribí hace un tiempo y que creo que puede gustaros, ya que al menos gustó a mis amigos. Si os gusta pondré otros más adelante. Espero vuestros comentarios.

Podeis copiarlo y remitirlo a quien querais si es sin ánimo de lucro, pero al menos citad el origen, no se vaya a poner medallas otro, que hay mucho político suelto por ahí.

A disfrutar!




EL SOLDADO


Aquel era mi primer día en aquella parte del mundo y, la verdad sea dicha, que por aquel entonces yo no sabía que era lo que habíamos venido a hacer en una tierra tan yerma, tan lejana, tan pobre y tan polvorienta.

Mientras que estábamos en nuestra base, recibimos una orden de los altos mandos. Aquella orden nos comunicaba que teníamos que ir a aquel país. No se nos dio ninguna explicación, simplemente que todo el mundo estaba con nosotros y teníamos que hacer nuestro trabajo para ayudar a aquella gente que tanto tiempo había padecido la falta de libertad. Nuestra tarea era, por tanto, dura e ingrata, pero encomiable y honrosa para un soldado.

Yo, por suerte o por desgracia, tuve que quedarme durante un tiempo y eso me permitió evitar la gran batalla que mis compañeros tuvieron que padecer. Yo tuve que ir justamente cuando todo se había acabado. Nuestra tarea se había llevado a cabo correctamente, a pesar de un cierto retraso en la consecución de nuestros objetivos y ahora sólo era necesario organizarlo todo y permitir que todo volviese a la tranquila cotidianeidad.

Aquel primer día fue uno de los más duros de mi existencia. Nunca me había pasado nada parecido y mi vida, desde entonces, cambió total y absolutamente.

Habíamos salido de patrulla por aquella ciudad, con la finalidad de controlar e imponer la seguridad ciudadana ante los ladrones y las mafias. La ciudad, si es que se puede decir así, era tan solo un montón de ruinas, una sombra ruinosa de lo que había sido una gran urbe hasta no hace tanto tiempo. Tan solo el pulular de las doscientas cincuenta mil personas que aún vivían bajo aquel amasijo de piedras y hierros retorcidos, te hacía creer que aquello era una población.

Íbamos preparados para cualquier contingencia. Éramos soldados en el campo de batalla; casco, chaleco antibalas, uniformes de camuflaje, un potente fusil ametrallador... soldados en una batalla que, en teoría, ya había terminado. Soldados en una tarea que no era la suya, pero que hicimos nuestra y queríamos hacerla bien.

No comprendíamos la lengua de aquellas personas, pero las palabras no son freno cuando lo que se quiere es ayudar y hacer el bien. La verdad que quedé sorprendido cuando vi cómo nos recibió la gente. Ya me habían comentado otros compañeros más veteranos que la gente no nos recibía con demasiado afecto, y no tardé en comprobarlo. Miradas de odio, insultos, gente que huye. No entendía el porqué de aquel comportamiento: ¡si habíamos ido a ayudarlos!

De repente, los seis soldados y el cabo que patrullábamos por una amplia avenida nos vimos envueltos por un gentío que nos gritaba enfurecidamente. Teníamos ordenes de no disparar excepto por fuerza mayor, pero al vernos rodeados por la gente, nos asustamos y preparamos el armamento. La gente se nos acercaba decidida.

Entonces pude distinguir las facciones de las caras de aquellos y aquellas que me gritaban. Eran gente de todo tipo, personas mayores, jóvenes, mujeres con niños en los brazos, que me rodeaban con un griterío ininteligible y con cara de pocos amigos.

Cuando recibí el primer empujón me giré dispuesto a descargar el arma encima de quien osara tocarme. Me quedé de piedra.

Aquel hombre joven era yo mismo, gritándome y pidiendo agua. En aquella tórrida y seca ciudad quedé helado. Pero todavía me alteré más cuando pude comprobar que toda aquella gente que se me quejaba tenía la cara de gente de mi familia. Mi madre, mi abuelo, mi mujer con mis hijos, mi cuñado, mi hermana, mi tío... vestidos como la gente de allí y hablando como la gente de allí. Era increíble. Quedé aturdido y confuso por aquella visión.

En aquel momento, sentí un “¡fuego!” y mis compañeros comenzaron a disparar sus fusiles contra la multitud. La gente comenzó a correr en todas direcciones al oír el ruido de las ametralladoras. No fui capaz de utilizar mi arma y, al contrario, grité con toda mi fuerza un “NO” que quedó acallado por los gritos de miedo y por la detonación de las balas.

Cuando se hizo de nuevo el silencio, estábamos solos delante de una alfombra de gente muerta o malherida. Nos vino a recoger rápidamente un vehículo de transporte militar para sacarnos de aquel sitio. Yo, en estado de shock, no quería subir al ver aquella matanza. Entre dos compañeros me hicieron subir y huimos de aquel espectáculo aterrador. Aterrador por la muerte y el dolor, aterrador porque aquel dolor era el de mi familia.

No pude volver a tocar un arma y decidí desertar. El recuerdo de aquella mañana me hacía imposible continuar en aquella tierra... ni en el ejército. Aquello no era humano, era magia... ¡No era mi familia! Ella estaba a muchos kilómetros en lugar seguro, pero quien murió fueron ellos, mis seres queridos. No lo podía comprender. Alguien me tildó de loco y de cobarde. Volví a casa.

Al llegar a casa, me recibieron con los brazos abiertos en la puerta de casa; mis hijos, mi mujer. Estaba feliz y una lágrima rodó por la mejilla. Pero la noticia había corrido, y no faltó quien me gritó un despectivo “cobarde” por haber dejado el ejército. No podrían entender nunca mi porqué.

De repente, en el jardín de la casa de al lado, una mujer con su hijo al cuello ha caído a plomo contra el suelo. Toda la familia hemos ido a socorrerla, y cuando llegamos hemos visto que estaba muerta. Tenía un disparo en el pecho.

En aquel preciso momento, su marido, también en el ejército, había perdido los nervios y había disparado contra la gente.

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