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jueves, abril 08, 2010

Hoy, cuento: Las cucharas.

Había salido de casa aquella mañana prácticamente sin despertar. Aunque me había lavado con agua fría, unas legañas densas como gachas se habían apoderado de mis ojos y se negaban a dejarme ver aquel radiante día de invierno que intuía entre mis semifundidas pestañas.

Ya llevaba un rato caminando cuando algo en el suelo me llamó la atención. Abrí un poco los adheridos párpados y pude ver una cuchara blanca totalmente hecha añicos. No le di la más mínima importancia. Una basura más en el suelo, rastro inconfundible del civismo y urbanidad que imperaba entre la población. Seguí con mi trayecto

Unos pasos más adelante apareció otra cuchara igualmente destrozada, pero esta vez no era la única, había muchas más en la misma situación. La cosa ya empezaba a intrigarme. Una cuchara rota puede despertar la curiosidad, pero una docena de cucharas rotas y esparcidas, ya era un misterio.

El misterio, lejos de resolverse, aumentó desproporcionadamente cuando un poco más allá las cucharas destrozadas formaban una alfombra continua que se perdía en el horizonte de las calles de mi ciudad. Una inquietud alarmante me invadió la conciencia cuando me di cuenta que, además, estaba solo en aquel otrora bullicioso barrio. Comencé a caminar con cierta velocidad para abreviar el paso por aquel lugar.

No sirvió de nada. Allí por donde pasaba se encontraba lleno de aquellas cucharas blancas destrozadas en mil pedazos y que crepitaban lastimeramente con mis pasos. Me entró un miedo atávico, un miedo visceral que me hizo salir corriendo sin rumbo alguno, intentando dejar atrás aquellas calles desiertas alfombradas de blanco por los fragmentos de los millones de cucharas.
En aquellos precisos momentos, la Conferencia Internacional organizada para dar solución al problema del hambre en el mundo, y que congregó a todas las mayores autoridades económicas del planeta, concluyó hipócritamente sin el más mínimo acuerdo.

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