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viernes, enero 17, 2014

Carlos III, el delta del Ebro y su olvidado canal marítimo

Canal de Navegación de Carlos III
Los ríos de la vertiente mediterránea de la península ibérica, no destacan por ser ni grandes, ni caudalosos. Ello es debido a la baja pluviosidad y al excesivo aprovechamiento humano de su agua. No obstante, entre ellos hay que destacar la excepción del río Ebro, el cual, a pesar de ser un arroyo en comparación con otros ríos mediterráneos (por ejemplo el Ródano), lleva un caudal que aunque menguado hasta límites insospechados, permite la navegación por su cauce. Es por ello que hasta cierto punto llama la atención el poco uso que se le ha dado al tráfico fluvial por este río desde siempre, más allá del de paso de orilla a orilla, turístico o meramente de subsistencia. Lo mismo debió pensar Carlos III a finales del s. XVIII, cuando, viendo las posibilidades de la zona intentó promocionar la navegación comercial por el Ebro construyendo un canal de navegación desde Amposta a Sant Carles de la Ràpita que ha llegado hasta nuestros días, a pesar de ser desconocido incluso por los propios habitantes de la zona.

Delta del Ebro
El río Ebro, a pesar de ser uno de los más caudalosos de la península, no es uno de los que más tráfico fluvial tenga. Ello es debido a que, al formar en su tramo final un gran delta, los aportes sedimentarios que arrastra en su desembocadura producen bajíos y barras de arena que son un gran obstáculo para las naves que tengan que entrar desde el mar. Esta limitación ha implicado desde siempre que las poblaciones ribereñas, a diferencia de otros pueblos fluviales, no hayan podido desarrollar un importante tráfico fluvial a pesar de estar a la orilla de un gran río.

Carlos III
Carlos III, era conocedor de este incómodo handicap, pero veía que la zona tenía un potencial económico muy importante, habida cuenta que la zona del delta del Ebro se hallaba a mitad de camino entre Valencia y Barcelona y, encima, disponía del puerto natural de la bahía de los Alfaques. El monarca, que tenía ciertas obsesiones urbanísticas (ver El escueto nombre oficial de Los Ángeles), se emperró en construir en esta zona uno de los puertos más importantes del Mediterráneo que compitiera con Barcelona y Valencia, y más a partir del momento en que se permitió que los catalanes comerciaran directamente con América. La idea la tenía clara, pero necesitaba una gran ciudad portuaria -que no existía- y permitir que el Ebro fuera accesible desde el mar. Se puso manos a la obra.

Sant Carles de la Ràpita
En la zona de contacto entre la costa y el delta, existía el pequeño pueblo de pescadores de La Rápita, justo enfrente de la bahía de los Alfaques, y este fue el punto que eligió Carlos III para edificar su nueva ciudad, la cual, más tarde se denominaría en su honor San Carlos de la Rápita. Los arquitectos del monarca, al frente del cual se encontraba su ministro el Conde de Floridablanca hicieron una nueva planificación urbanística de la zona y empezaron a promocionar la llegada de nuevos colonos. A la vez, en 1780, se inició la construcción de un canal de navegación de unos 10 metros de ancho y poco más de 10 kms que llevaría desde Amposta a la nueva ciudad de San Carlos, comunicando el río Ebro con el mar, evitando así su problemática desembocadura. La construcción se demoró algo más de 10 años, pero finalmente entró en funcionamiento con relativo éxito. Sin embargo, todo se fue al traste antes de cambiar el siglo.

Zona de la desembocadura del canal
Las obras de la nueva ciudad, no avanzaron al ritmo previsto, y si bien se empezaron gran cantidad de ellas, pocas llegaron a acabarse tras la muerte de Carlos III en 1788. La idea de hacer una nueva y potente ciudad se fue al garete gracias a los disloques presupuestarios que llevaron al ministro Floridablanca a ser destituido y apresado por Carlos IV en 1792 por corrupción y malversación de fondos. Pero como a perro flaco, todo se vuelven pulgas, el canal de navegación también sufrió serios inconvenientes, pero éstos de orden técnico.

Zona de antiguas esclusas
Al ser construido al mismo nivel de fondo que el fondo del río Ebro, éste empezó a llenar de sedimentos el canal de navegación marítima. Esto suponía la imposibilidad material de que barcos de un cierto calado pudieran surcar sus aguas. La falta de mantenimiento derivado del abandono del proyecto de construcción de San Carlos, de la Guerra de la Independencia y de las guerras carlistas, hizo que la navegación por el canal poco a poco fuera muriendo hasta desaparecer. En 1816 ya no hay constancia de que hubiera ningún tipo de tráfico. El canal estaba colmatado.

Restos de la desembocadura
El canal de Carlos III se perdió entremedio de los campos hasta el reinado de Isabel II, en que se intentó recuperar el canal para la navegación. En 1857 se construyó un muelle y una dársena en la desembocadura del canal en San Carlos y se construyó una esclusa a medio camino. La idea era elevar un poco el nivel del canal para que los sedimentos del río no afectasen la nueva infraestructura. El 19 de julio de 1857 se inauguraba, consiguiéndose que dos barcos a vapor circularan por sus aguas. Desgraciadamente, la llegada del ferrocarril y los continuos problemas de sedimentos, acabaron por hacer inviable la concesión, suspendiendo el servicio en 1872.

Antiguos almacenes y el canal
Desde entonces, el canal marítimo cayó en el olvido más absoluto. Su cauce fue utilizado en buena parte para cultivar arroz y convirtiéndose de facto en una acequia más del Canal de la Derecha, canal que pone en riego todo el hemidelta derecho del Ebro. Aún hoy día se pueden ver los restos de las esclusas a mitad de camino en la carretera de Sant Carles de la Ràpita a Amposta, así como las obras de la desembocadura en el puerto de Sant Carles, testimonios mudos de un tiempo pasado que prometía un futuro brillante para la comarca que jamás llegó a hacerse realidad.

Desembocadura del antiguo canal

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