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viernes, febrero 19, 2016

La Giralda de L'Arboç, un homenaje a una cultura admirada

La Giralda de L'Arboç
Si hacemos caso a los medios de comunicación, las relaciones entre catalanes y andaluces no es que pasen por su mejor momento. Posiblemente el secuestro de la identidad andaluza por el españolismo castellano más rancio -sobre todo desde la Guerra Civil- ha hecho que se tenga por estas tierras una cierta aversión a un folklorismo impostado y tópico que poco o nada tiene que ver con la impresionante riqueza cultural andaluza. No obstante, si tenemos en cuenta que buena parte de la actual sociedad catalana tiene raíces andaluzas, veremos como este "odio" a lo andaluz que azuzan los medios de forma partidista es, intrínsecamente, falso. Y no solo en los últimos tiempos, sino que ya, en el siglo pasado, aún antes de la llegada masiva de inmigración del sur de España, había una auténtica y sincera admiración por la cultura andaluza. Si no fuera así, no se entendería que en L'Arboç, un pequeño pueblo tarragonés, exista la mejor réplica que existe del icono andaluz por antonomasia: La Giralda.

Sky-line característico
Normalmente, cuando los vemos de lejos, lo que más llama la atención de los pueblos de España es la silueta inconfundible del campanario de su iglesia. Sin embargo, cuando pasamos por la N-340 dirección a Tarragona provenientes de Barcelona, y llegamos a la altura de la pequeña población de L'Arboç, el rasgo que domina su "sky-line" es una torre cuyo parecido a la torre de La Giralda de Sevilla es, simplemente, espectacular. Y no es para menos, ya que es un homenaje particular al conocido alminar sevillano.

Cuenta la leyenda que el propietario de la casa donde se ubica la torre estaba casado con una sevillana y que, como ésta tenía "morriña" de su patria chica, el marido, con todo su amor, le construyó una réplica de su estimada Giralda. A pesar de tan romántica historia, la cual, simplemente por su belleza merecería ser cierta, la realidad es bastante diferente y, aunque parezca mentira, no tiene ningún personaje andaluz de por medio.

Candelaria Negrevernis y Joan Roquer
En 1885, Joan Roquer i Marí, el tercer hijo del farmacéutico de L'Arboç, da el "braguetazo" casándose con Candelaria Negrevernis i Lasala, hija de un acomodado piloto de navío de la burguesía de Sarriá, por aquel entonces pueblo a las faldas del Tibidabo aún no asimilado a Barcelona. Y digo lo de "braguetazo" -que me perdonen sus familiares si me leen-, porque Candelaria tuvo la suerte de heredar de su tía una gran fortuna y una casa en Barcelona, además de que su padre le diera parte de la fortuna familiar (solo tuvo dos hijas) en concepto de dote por su boda. Riquer, por su parte, dicen los mentideros que de joven, como no tenia un duro, le llamaban "el cagarrina". Cada uno que piense lo que quiera.

Un Patio de los Leones calcado
Sea como sea, en aquel entonces el cabeza de familia era el que gestionaba la fortuna familiar -para eso era el hombre de la casa-, ya viniera por parte suya o, como era el caso, viniera por la parte de la mujer. De esta forma, Joan Riquer se encontró al mando de una gran fortuna la cual, en parte y con el beneplácito de su mujer, invirtió en promoción cultural, pasando a ser propietario, entre otros, del Teatro Arnau del conocido Paralelo barcelonés, el cual le daba unas suculentas rentas. Pero no nos despistemos...

Cúpula y Giralda
La pareja de recién casados, como viaje de Luna de Miel, decidió hacer un tour por Andalucía, y tan sorprendidos quedaron de las maravillas arquitectónicas que encontraron por allí que, a su vuelta, decidieron que recrearían fielmente aquellos monumentos que tanta huella les habían dejado en su ánimo. Para ello, compraron unos terrenos cerca del centro urbano de L'Arboç y, aprovechando los estudios de arquitectura de Riquer y su afición a la fotografía -que le permitió quedarse con testimonios gráficos de su visita- empezaron a levantar la espectacular casa que ha llegado hasta la actualidad.

En 1889, el constructor Antoni Feliu i Ventosa, con la supervisión de Joan Riquer, dio comienzo a las obras las cuales culminaron entre 1907 y 1908. Los trabajos duraron casi 20 años, pero es que la casa, llamada "La Giralda" por razones obvias, no es sólo la réplica del famoso minarete hispalense, sino que es un auténtico "Pueblo Andaluz" en su interior.

30 kg de papel de oro
Aparte de la réplica a escala 1:2 de la Giralda (tiene 52 metros de altura respecto los 94,69 m del original) la casa, cuyas habitaciones están decoradas con motivos de arte califal inspirados en la Mezquita de Córdoba, contiene también una réplica con todo lujo de detalles del Patio de los Leones de la Alhambra de Granada y una reproducción del Salón de Embajadores de los Alcázares de Sevilla,. Salón que destaca por estar ornamentadas con todo tipo de arabescos de inspiración árabo-medieval. No obstante, y por si pareciese poco, rematando esta sala se puede admirar su cúpula, la cual, forrada con 30 kilos de papel de oro en su interior, tiene un estilo bizantino muy característico en su parte exterior.

Detalles arabescos
Así las cosas,  a pesar de ser una casa de segunda residencia -la pareja vivía habitualmente en Barcelona en la casa heredada por la mujer- "La Giralda" se convirtió en un auténtico símbolo de L'Arboç. Su singularidad y belleza espectacular la hizo famosa, hasta el punto que sus propietarios organizaban en ella todo tipo de actividades culturales, aprovechando sus contactos con el mundo de la farándula y la cultura.

Una auténtica maravilla
La extraordinaria mansión arbosense, de esta forma, permaneció en manos del matrimonio a pesar de la muerte de Joan Riquer en 1934. No siendo hasta los años 40, y tras salir indemne de una bomba que explosionó a 20 metros escasos de la casa durante la Guerra Civil, que la propiedad fue vendida, habida cuenta la muerte sin hijos de Candelaria Negrevernis.

Interior de una habitación
En la actualidad, y después de pasar por varias manos que la dejaron en estado de abandono, la casa "La Giralda" ha sido restaurada completamente, devolviéndole su antiguo y arrebatador esplendor. Ahora, por suerte, vuelve a estar abierta -previo alquiler, evidentemente- a la sociedad y la cultura del país. Una sociedad y una cultura, las catalanas, que lejos de aborrecer la cultura andaluza, la de verdad, la de calidad, la del sentimiento, la ha absorbido y la ha hecho formar parte intrínseca del particular código genético de la sociedad actual de esta parte de la península.

La Giralda, un homenaje a una cultura admirada

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