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miércoles, marzo 09, 2005

Hoy, cuento: La Plaga

Este relato ya ni me acordaba que lo habia escrito, y viene de perilla a la situación política que estamos viviendo actualmente, aunque realmente es contemporanea a todas la épocas-. Espero que os guste.

LA PLAGA

Eran las once de la mañana de un muy anodino día de otoño. Hacia ya rato que había empezado mi jornada laboral en mi querida empresa de control de plagas y desratización, pero aún no había llamado ningún cliente. Nadie se había interesado, en lo que llevábamos de mañana, en que le quitáramos las termitas, las cucarachas o los piojos de la cabeza.

Sonó el teléfono. Lo atendí con la prestancia del profesional que goza de un magnífico contrato temporal y un inmejorable salario mínimo interprofesional.

- Anti-plagas Chof, ¿En qué puedo servirle?

Una mujer de mediana edad se puso al otro lado del vetusto auricular.
- ¡Rápido! ¡Es urgente! ¡Tengo políticos pululando por el salón de casa!
Un escalofrío que me puso los vellos como escarpias, recorrió mi cuerpo varias veces. La buena mujer tenía un problema de muy difícil solución, ya que una vez que un político toca un asiento, no hay forma de sacarlo de él ni con la moción más potente.

Yo no tenía demasiada experiencia en este tipo de plagas, ya que estaba especializado en la matanza de cucarachas con el sofisticado método del pisotón, y me había tocado a mí, justamente a mí. Intenté tranquilizar a la histérica mujer y le dije que iría en unos momentos. La mujer me suplicó que me diera prisa ya que le habían empezado a contar sus programas electorales y ya empezaban a prometer cosas. La cosa se ponía más seria de lo que parecía en un primer momento.
Llegué a casa de la clienta un poco tarde, debido a que un chorizo y una rubia me entretuvieron en un bar cercano, ya que me invitaron a hacer el carajillo de media mañana. Esta versión oficial del retraso no sé si quedó muy convincente, tras el delicado trino blasfemo de la angustiada dama.
Pasé a la casa, con el máximo sigilo del que fui posible y allí me los encontré, en el salón-comedor, delante de la televisión. Se habían sentado en las butacas y estaban dispuestos alrededor de la mesita revistera, polemizando airadamente entre ellos sobre cual era el programa más convincente. La situación era delicada, ya que si me metía entre ellos podría salir mal parado, aunque ellos saldrían sin el más mínimo daño. Era duro, pero era mi obligación.
Conociendo la etología de esta especie, sabía que no se iban a ir de sus conquistados sillones a menos que se le expulsara por la fuerza y, una vez fuera de ellos, no tenían defensa alguna y serían fácilmente eliminados. Me armé de valor, preparé mis trastos, y me encerré con ellos en el, por cierto, muy cuco saloncito.
La dureza y el sacrificio que tuve que padecer para librar a aquella pobre damnificada, fueron solo comparables al que padecen las personas normales cuando se tienen que enfrentar a ciertos programas de televisión, ya sea de promoción de cantantes noveles o de prensa del hígado, por cierto, casi siempre cirrótico.
Dos largas horas tardé en acabar con ellos, intentando convencerles de la necesidad de que abandonasen sus puestos en bien de la comunidad, en una inicial aproximación que resulta inútil en los individuos de estas latitudes, pero que en especimenes de otros ecosistemas suele ser suficiente.
Posteriormente, pasé a estratagemas más duras, del estilo de coaligarme a los otros políticos para que con la excusa de querer coger yo el asiento y con el premio de una suculenta comisión, me ayudaran a expulsarlos. De esta forma conseguí expulsar a cuatro, pero habían ocho y los que quedaban eran bastante más listos de lo que yo me pensaba.
Puse entonces una solución más radical si cabe, pues conozco de otros compañeros que la han utilizado en otras ocasiones y que la habían aprendido de la observación en su medio ambiente: El sistema "Difama-que-algo-queda". Empecé a difamarlos e insultarlos de la forma más aguda y despreciable, desde uno de los asientos. Estos mismos golpes los alternaba con informaciones secretas sobre ellos y que hacía público cuando creía que era el momento más oportuno. La defensa de ellos era titánica. Llegaban incluso a superarme en grado de difamación, lanzándome querellas criminales contra el derecho a la honorabilidad, pero como yo no era uno de ellos mi credibilidad no se erosionaba y acababan por caer. De esta forma hice caer a otros tres, pero me quedó uno que no había forma de despegarlo, y lo tenía que conseguir.
El individuo se defendía con uñas y dientes y las querellas e insultos no ejercían sobre él los efectos esperados y no podía bajarlo de su aprehendida poltrona. Me lanzaba palabras muy duras que me hicieron mucho daño, aunque por suerte pude esquivar el diccionario enciclopédico, que ya no estaba seguro de poder soportar. La cosa ya se ponía seria y tenía ganas de acabar. No era mi intención, pero con todo el dolor de mi alma tuve que darle un fuerte golpe de estado. La verdad es que costó menos de lo que esperaba, y si lo llego a saber, lo hubiera utilizado antes, pero no es mi estilo.
Y salí de aquella habitación victorioso. Con un saco de basura al hombro, unos cuantos moratones y un daño moral infinito, pero con la satisfacción del deber cumplido.
Le recomendé a mi clienta que, a fin de evitar posteriores infestaciones, no volviera a tener conectada la televisión si retransmitían el "Debate sobre el estado de la nación", ya que suele ser habitual que ocurran estas cosas.

¡Mejor prevenir que curar!