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viernes, septiembre 20, 2013

La tóxica muerte de una bahía llamada Portmán

Portmán a principios S.XX
El Mediterráneo por el hecho de ser un mar cerrado, y a pesar de su gran tamaño, ha sido agredido desde antiguo por las actividades humanas de la población que se ubica a sus orillas. Industrias, residuos urbanos, destrucción del litoral por la especulación, sobrepesca... a partir de mediados del siglo XX han sido el pan de cada día, provocando la degradación de nuestro Mare Nostrum. Una de estas agresiones, considerada el peor atentado ecológico del Mediterráneo, afectó la costa de Murcia y conllevó la desaparición -literalmente- de una bahía. Se trata del desastre ecológico de la bahía de Portmán.

Portmán, situado entre Cartagena y el Mar Menor y perteneciente al municipio de La Unión, es un pequeño pueblo de pasado pesquero y, sobretodo, minero. El nombre proviene del  hecho de haber sido fundado por los romanos que lo llamaron "Portus Magnus" (puerto grande), al encontrarse en una rada que era un perfecto fondeadero para sus naves, al tener hasta 14 metros de profundidad... y que fue así hasta bien entrados los años 60 del siglo pasado. Ahora, el pueblo se encuentra a más de 700 m de la costa, en un remake a la española del desastre del Mar de Aral (ver Réquiem por un mar: El pavoroso desastre ecológico del Mar de Aral).

Antiguas instalaciones mineras
Todo empezó en 1957, cuando la empresa minera Peñarroya dedicada a la extracción de pirita, de capital mayoritariamente francés, decidió ubicar en esta población, uno de los lavaderos de mineral más grandes del mundo. La zona ha sido conocida desde antiguo por sus yacimientos de plomo, plata, oro y  hierro, por lo que la minería siempre ha sido una actividad destacada, y proporcionaba una gran cantidad de puestos de trabajo.

La idea de la empresa era aprovechar al máximo el material extraído para, de esta forma y a pesar de la mala calidad del mismo, aumentar los beneficios. Ello implicaba que las explotaciones se tenían que hacer a cielo abierto y gastar el mínimo posible en medidas de protección medioambiental. Ni cortos, ni perezosos, pidieron permisos al gobierno franquista para verter directamente los desechos al mar -consistentes en todo tipo de lodos con metales pesados y residuos tóxicos derivados de la depuración del mineral con productos químicos- y así ahorrar un montón de dinero en hacer balsas de decantación. 

Vertidos incontrolados
Sorprendentemente, el gobierno les dio todos los permisos habidos y por haber, con la única limitación que los vertidos se tendrían que hacer solamente durante 5 años, a 400 m. de la costa mediante tubería submarina y se había de indemnizar a los pescadores. Eso sí... si se demostraba que había daños medioambientales se pararían los vertidos inmediatamente. Se lo pasaron todo por el forro.

En 1961, para más inri, por una orden ministerial se derogaron los 400 metros de distancia del vertido para pasar a ser tan solo de 250 m, ya que pensaban que el propio mar se los llevaría mar adentro. La realidad era que cuanto más cerca, menos le afectaba el oleaje y el negro material tóxico empezó a acumularse en la -antaño- bonita bahía de Portmán al ritmo de 40.000 toneladas diarias. En 1965, los primeros efectos de colmatación de la bahía fueron evidentes y con ellos el convencimiento de la empresa que en poco tiempo la rada desaparecería... como efectivamente ocurrió.

Antiguo muelle inutilizado
Sin embargo, el puerto de Portmán estaba catalogado de puerto de refugio, por lo que en 1966 se empezó a conminar a la empresa minera a que cerrara la explotación y dragara la bahía. Lo hizo tímidamente, pero los vertidos siguieron, ya que en el fondo lo que pretendía era aumentar la explotación. El gran problema era la declaración de puerto refugio de la bahía, por lo que, para seguir con sus actividades, pidió la nulidad de esta declaración, dada la nimia importancia para la navegación. Y lo consiguió. En compensación, cedió unos terrenos al gobierno en el adyacente Cabo de Palos y una indemnización de 4 millones de pesetas y siguió con sus vertidos, los cuales no disminuyeron, sino que crecieron en la medida que el progresivo empobrecimiento de las vetas avanzaba.

A partir de 1971, y a pesar de los juicios interpuestos por las administraciones locales, que dieron la razón a los demandantes, pero permitió seguir con la actividad de Peñarroya, los vertidos siguieron en aumento y con total libertad, llegando al summum en 1978 en la cual se aumentaron extraordinariamente los vertidos. La bahía, prácticamente estaba colmatada

Acción de Greenpeace
En 1986, Greenpeace se encadenó a los colectores de salida del lodo tóxico para condenar el vertido y llamar la atención de la opinión pública, pero fue el intento -una vez más- de aumentar la explotación y, por tanto, los vertidos en 1988 lo que hizo poner a la comarca en pie de guerra. Sin embargo, no fue hasta 1989 que la empresa se vendió la explotación minera, habida cuenta que con una España en la CEE, las normas medioambientales le impedían seguir contaminando alegremente. 

Magnitud de la tragedia
La explotación se vendió a un fondo de inversiones que pretendía mantener los 400 puestos de trabajo a base de una serie de "pelotazos" inmobiliarios, pero la elevada inversión de 500.000 millones no se llevaron a cabo y en 1991 se despidió a los trabajadores y cesó definitivamente sus actividades. ¿El resultado? 315 millones de toneladas de escombros tóxicos vertidos, la linea de la costa retrocedida más de 700 metros, y un fondo marino dañado irremediablemente hasta 12 kms mar adentro. Encima, a pesar de las querellas de Greenpeace, la empresa salió de rositas, debido a que los vertidos los efectuó con permiso, por lo que fue declarada inocente. Una maravilla, vamos.

Desde entonces, se pide que se recupere medioambientalmente la zona, pero el elevado coste de recuperación de la bahía (unos 80 millones de euros, que simplemente darían para eliminar una mínima parte superficial y hacer llegar una lámina de agua de menos de un palmo hasta su anterior costa), el estado actual de crisis económica y la intención de hacer una terminal de contenedores en una bahía a poca distancia de Portmán, han hecho que las administraciones pospongan sine die cualquier proyecto de recuperación. 

En conclusión, el desastre de Portmán no es más que la demostración de que cuando el dinero se pone en el punto de mira de las oligarquías, cuestiones tan subjetivas como la calidad de vida, la salud y el mantenimiento de nuestro medio ambiente, desgraciadamente, no tienen absolutamente ninguna importancia.

Para reflexionar.

Trozo de azufre en medio de una playa de residuos


Webgrafía

1 comentario:

Amanda Maria Buisan dijo...

Gracias Ireneu Castillo, por destapar toda una historia encubierta. El de Portmàn es un ejemplo paradigmatico que se presta como ningun otro a que lo que sigan perpetuando
nuestras inamovibles oligarquias de siempre!