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jueves, julio 03, 2014

Wellington 1855, el terremoto que emuló a la Atlántida

Turakira Head
Cuando oímos hablar de la Atlántida, se nos viene a la mente imaginarnos cómo este continente pudo vivir el proceso de su hundimiento en el fondo del océano. Partiendo de la base que la Atlántida no es más que un mito antiquísimo -que a lo sumo sirvió para poner nombre al Océano Atlántico- , la fantasía se nos dispara y podemos imaginar la impresionante sacudida que debió suceder en ese ficticio continente. Tal vez, la tierra de los Atlantes no haya existido jamás, pero los terremotos sí que existen, algunos con una tal virulencia que pueden hacer experimentar, en vivo y en directo, lo que podrían haber sentido los atlantes en su hundimiento en el fondo del océano. O si no, que se lo pregunten a los neozelandeses, que en 1855 sufrieron un potentísimo terremoto que acabó incluso por elevar la línea de costa casi tres metros.

Afueras de Wellington (circa 1850)
El 23 de enero de 1855 marcaba el final de los dos días de fiesta que habían tenido en la capital de Nueva Zelanda, Wellington, en conmemoración de los 15 años de la fundación de la ciudad y nada preveía lo que se aproximaba a continuación. A las 9 y 32 minutos de la tarde (recordar que en el hemisferio sur, en enero es pleno verano) un violentísimo terremoto sacudió toda la ciudad durante 50 segundos, destruyendo casas y poniendo todo patas arriba. El movimiento había sido sentido por todo el mundo, incluso por los viajeros de los barcos del puerto que pensaban que sus barcos estaban embarrancando por el ruido que hacían los fondos de las naves, soportando un tsunami que, debido a la forma de saco de la bahía/puerto de Wellington, llegó a tener alturas de hasta de 10 metros. Una auténtica conmoción.

Curiosamente, los muertos fueron pocos para una población de unos 6000 habitantes que tenía Wellington en aquel entonces: entre 7 y 9 -uno porque estaba durmiendo en un hotel y le cayó un ladrillo de la chimenea y lo dejó seco- y tan solo 5 heridos. Ello se explica básicamente porque la mayoría de construcciones de la ciudad eran de madera y ello les salvó. Sin embargo, este relato, así contado, puede parecer uno más entre tantos terremotos que ha habido en los últimos siglos, pero algo tuvo que suceder que fue el peor que ha habido nunca en Nueva Zelanda y uno de los que más ha modificado la superficie de la tierra afectada por él, hasta el  punto que, cuando todo se calmó, el paisaje que había quedado casi no lo conocía nadie.

Zona de contacto
El terremoto, detectado a unos 30 kms de profundidad y a unos 30 kms al este de Wellington, fue sentido con mayor o menor intensidad en toda Nueva Zelanda, alcanzando una magnitud de 8.2 en la escala de Richter y 10 grados en la escala de intensidad de Mercalli, que llega hasta 12. Si el famoso terremoto de Kobe (Japón) en 1995 -en que se vinieron abajo hasta las autopistas- fue de 7.2, ya podemos imaginar que algo grande pasó.

Nueva Zelanda se encuentra en la zona de contacto entre la Placa Australiana y la Placa del Pacífico, por lo que la zona, la verdad sea dicha, muy estable -sísmicamente hablando- no es que sea, y si bien no llega ni de lejos a tener la problemática con los terremotos de Japón, en este caso se puso en movimiento la llamada falla de Wairarapa... ¡y cómo lo hizo!

Antiguo lecho marino
Esta falla, como consecuencia del terremoto y las 250 réplicas -algunas de grado 5- que se sucedieron en las siguientes 11 horas, se desplazó entre 12 y 18 metros de forma horizontal al menos durante 140 kms de su recorrido, elevando una porción de 5000 km2 (similar a la superficie de Cantabria) hasta 6 m. Este levantamiento, que significó la liberación de una cantidad inimaginable de energía se reflejó en la costa, la cual quedó totalmente irreconocible al elevarse la linea de playa 2.70 metros respecto la linea de costa anterior, y dejándola totalmente colgada. Y no fue todo.

Las bandas son antiguas playas
El súbito levantamiento de la corteza terrestre provocó que la masa de agua que quedaba encerrada dentro de la bahía de Wellington Harbor, al verse violentamente meneada, sufrió igual que si moviéramos una palangana con agua: empezó a bambolear. Ello hizo que mareas de hasta 4 metros de altura subieran y bajaran cada 20 minutos durante 24 horas, dejando la marea diaria en una mera anécdota sin importancia y dejando, al día siguiente, todas las playas llenas de peces muertos. Este efecto "bañera", se produjo también en numerosos lagos de la zona que se vieron afectados por el movimiento.

Zona de Wellington
Wellington, también fue perjudicado por el ascenso de la tierra, ya que salieron a la superficie los fondos marinos de una cala cercana a la ciudad y que, en un principio estaba pensada utilizar como fondeadero para barcos en medio de una zona urbanizable al estilo Empuriabrava. Al salir del agua, evidentemente, todo ello se fue al traste y posteriormente se utilizó para instalar en ella el campo de cricket del Basin Reserve y una extensa zona residencial. El tocho, ante todo, claro.

Desprendimiento de 1855
Desprendimientos colosales, grietas abiertas de hasta tres metros de ancho y seis de profundidad durante centenares de metros, emanaciones de agua y arena a presión y 52.000 km2 afectados por las deformaciones de la corteza terrestre en la zona (mayor que la superficie de Aragón), acompañaron aquellos 50 segundos aciagos que si bien no dejaron muchas víctimas humanas, deformaron absolutamente aquella parte de las antípodas.

Christchurch (NZ) 2012
La energía que desprenden los terremotos en una fracción de segundo es inconmensurable y harto conocemos las secuelas que podría comportar incluso en zonas tan poco sísmicas como la nuestra (ver Sant Celoni 1927, un terremoto a las puertas de Barcelona). Sin embargo, la memoria histórica si algo tiene es que es extremadamente volátil y más aún si afecta a intereses especulativos y de construcción, y si bien en Nueva Zelanda hubieron pocas bajas gracias a la precaución de construir casas bajas y de madera debido a pequeños terremotos anteriores, años después lo olvidaron de tal forma que hasta el 1926, con tal de construir, se decía que los terremotos eran cosa de investigación científica y no de alarma.

En 1929 y 1931 hubieron sendos de 7.5 grados. Los "kiwis" ya han aprendido

...por aquí, lloraremos.


 
Los terremotos tienen una energía impresionante (NZ, 2012)


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