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Decepción

Sabiendo del pie que calzo, más de uno pensará que con lo de "decepción" me referiré a la decepción que me produce la Justicia de este país por el caso de la Sentencia del Procès, pero la verdad es que, en todo este embrollo, el que menos me ha decepcionado es el Estado Español. No porque considere justo o ético su sentencia sino que, acostumbrado como estoy a rebuscar en el desván de la Historia para encontrar y enseñar las realidades escondidas que nos envuelven en nuestro día a día, sabía a pies juntillas que la sentencia iba a ser una auténtica barbaridad: Un Estado heredero histórico del caciquismo y de la corrupción más vergonzosa (ver El gobierno español, el fraude y la panacea del kilo de pan de 800 gramos), ni iba, ni podía permitir que nadie le moviera la silla a los que mandan desde siempre (ver La política española, una cuestión de familia), por muy pacífica que fuera su actuación. ¿Entre 9 y 13 años por poner urnas? Seamos sinceros, no les han imputado el asesinato de Canalejas porque quedaba muy feo... que si no...

He de reconocer que, muy a mi pesar, la decepción ha formado parte intrínseca de mis últimos 51 años de vida. Mal español, mal catalán, mal perico, mal estudiante, mal gestor, mal político... la vida me ha llevado a decepcionar demasiadas veces a quien no quería decepcionar y a quienes querían que no les decepcionase. Posiblemente, el hecho de pertenecer a una familia perdedora de la Guerra Civil ha pesado demasiado para que la impotencia, la melancolía y la contrición se hayan instalado en mi mente desde siempre. Padecer migrañas, he de reconocer que también ha ayudado lo suyo. Ser un idealista, un perfeccionista y consciente hasta la nausea de todo lo que me rodea, aún más.

Me acuerdo cuando, con 14 años, la victoria de Felipe González en las Elecciones de 1982 con su lema "por el cambio" (aún guardo un cartel electoral con la cara de Felipe de aquellas elecciones), abría una nueva época de esperanza y verdadera democracia en una familia de tradición socialista como la mía. Los cambios en la programación televisiva de Calviño parecían ir en la línea, pero los años, las decepciones por las promesas electorales incumplidas sin razón aparente, los cambios de rumbo ideológicos sin ton ni son y los evidentes intereses creados de los políticos de cualquier color, pronto me pusieron en la pista de que algo fallaba en aquella sociedad. A pesar de eso seguí creyendo que éramos una democracia.

En los 90, mis primeros contactos con la administración local a través de mi negocio y por la vía asociativa, me pusieron sobre la pista de lo que realmente era la política de los que mandan: un juego de intereses, muchas veces personales, encarados a mantener el poder de una élite pese a todo y pese a todos. No había intención de mejorar el mundo, ni tan siquiera de hacer una sociedad más ecuánime y justa. A nivel estatal era una casa de putas; a nivel local (en mi caso, de L'Hospitalet) lo más parecido a la Edad Media, donde el que manda, manda, y sus vasallos le hacen el paripé para seguir viviendo de la "casa grande". ¿Lo peor? Que eran (o se hacen llamar) socialistas. Eso no era el socialismo por el que mi abuelo fue herido en el Frente del Ebro, ni por el que pasó tres años encerrado en prisiones franquistas. Eso no era "democracia". Aunque el baño de realidad vino después.

En 2011, me encontré, sin comerlo ni beberlo, liderando la lucha por la preservación del Canal de la Infanta en L'Hospitalet (ver Ni historia, ni derecho a tenerla). La indignación ante el patrimonicidio que se iba a perpetrar, las excusas baratas del Ayuntamiento socialista, que lo único que escondían eran los pingües beneficios que las inmobiliarias adheridas al mismo obtendrían y los servicios prestados a los bancos, hicieron que entre unos pocos idealistas como yo, intentáramos salvar aquella reliquia del pasado con más voluntad que posibilidades. Conseguimos salvar un puente, pero el pelotazo se consumó. De nada sirvió recurrir al Parlament (la Generalitat era parte interesada y nos amenazó con ir a los tribunales si no estábamos de acuerdo), el Síndic de Greuges ni pinchó, ni cortó  e incluso el Parlamento Europeo se lavó las manos en beneficio del poder local. Llámenlo como quieran, pero si el pueblo soberano no es capaz de cambiar cosas para mejorar, eso no es "democracia" ni nada que se le parezca. Para nada.

La ciencia dice que las teorías funcionan si, cuando se las pone al límite, siguen funcionando. Pues bien, en la sociedad que nos ha tocado vivir, y como si fuera un "Matrix" cualquiera, cuando llegas a los límites de esta "democracia" en que supuestamente vivimos (porque así nos lo han vendido hasta el aburrimiento) salta hecha añicos como un frágil techo de cristal. De nada sirve que pises el acelerador a buscar los 200 km/h que nos aseguraron que podía hacer esta moto que nos vendieron, que no pasarás de 40. De hecho, con el Procés, se ha llevado hasta el límite a las instituciones (supuestamente) democráticas del Estado Español, dejando en evidencia que, en una monarquía no puede haber democracia, sino parlamentarismo y que, en un Estado donde hasta el más pintado intenta sacar tajada de "lo público" (ver La corrupta historia de los coches llamados "Gracias Manolo") la idea de democracia no deja de ser más que una inalcanzable utopía.

...y eso, sí que es una profunda decepción.

        
Una democracia que no funciona en los límites, no es democracia
Una democracia que no funciona en los límites, no es democracia

Comentarios

xatevexo ha dicho que…
como dice mi hija pequeña, bueno, no, lo siguiente! Siendo algo mayor que ud. me siento identificado con la mayor parte de las vivencias, y desde luego con el fondo del articulo. Siempre dije que si mi abuela (ex-UGT, OBRERA TEXTIL EN UN PUEBLO DE LA MONTAÑA DE a cORUÑA) levanta la cabeza, y ve lo que han hecho los del partido y sindicato cuya militancia la llevó a la cárcel franquista de A Coruña, los corre a paraguazos. Pequeña de estatura pero brava como ella sola. Me crié en su regazo, por cosaas de la vida, ella fue mi madre y mi abuelo mi padre, y aun en los años 60 la G.Civil con capa y escopeta llamaban a la puerta de la humilde casa de un carpintero, en los frios inviernos, a las cuatro de la mañana. Habia que abrir, al saludo de Arriba España!. seguian intimidando, habia que callar ante los ignorantes y brutos, una célula de fachas nos controlaban, y humildemente hacerles de comer y beber a los dos desgraciados de tricornio. Hoy, con otros uniformes, pero al mando de los sociatas, siguen aporreando a un pueblo. A mi poble de adopció!. PROFUNDA DECEPCIÓN. ¡visca Catalunya!
Ireneu Castillo ha dicho que…
Gracias Xatevexo por tu visita y tu comentario. Efectivamente, es una gran decepción ver que, lo que tenía que significar un retorno a las libertades, se ha convertido en un simple decorado de cartón piedra que, mientras no lo toques, parece lo que no es. El gran problema es la gran cantidad de gente que está ciega y sorda de ver las informaciones sesgadas y manipuladas de los medios de supuesta "comunicación" creyendo que viven en un "paraíso" que solo existe en su mente. ¿Abrirán los ojos? ¿Se darán cuenta alguna vez? Cuando lo hagan -caso que lo hagan alguna vez- será demasiado tarde. Lo dicho... profunda decepción.

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