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jueves, abril 03, 2014

Stalin y su objetivo de asesinar a John Wayne

John Wayne
Una de las pocas cosas que los grandes dictadores, tiranos y otros personajes indeseables de la Historia, tienen en común con el resto de congéneres de su misma especie es que son humanos. Esto, que puede parecer una perogrullada, implica que, igual que cualquier otra persona, estos especímenes anómalos tienen sus gustos, sus sentimientos -por muy sádicos que sean-, sus sensibilidades e incluso sus aficiones, a cual más mundanas. Stalin, el dictador soviético, no era una excepción, y entre todas sus aficiones hubo una que se llevó la palma: era cinéfilo a no poder más. Esta afición la llevó a extremos insospechados y hasta ridículos, con una gran devoción por los actores norteamericanos de la primera mitad del s. XX... hasta que, mezclando el cine con la política, hubo uno que se le puso entre ojo y ojo, hasta el punto de llegar a ordenar su asesinato. ¿El objetivo? John Wayne.

Joseph Stalin
Iósif Stalin, a parte de dedicarse a hacer de déspota del pueblo ruso a jornada completa, era un gran aficionado al Séptimo Arte. Al igual que Lenin, creía que el cine era una de las artes más importantes, sobre todo por su capacidad de generar opinión y propagandísticamente, aunque Stalin, además de esta innegable fuerza como herramienta política, también le gustaba como afición personal. Este hobby llevaba de cabeza a todo el que le rodeaba, ya que el hombre, imbuido en su propia egolatría, se llegaba a creer que sabía más que nadie sobre cinematografía. Ello le hacía creerse que era el mejor productor, director, e incluso guionista de su país, escribiendo guiones, letras de películas, censurando -como no-, sugiriendo títulos, ideas... en fin, haciendo las delicias -por decirlo de alguna forma- de todo aquel que se dedicaba al cine en la Unión Soviética.

Fan de Tarzán y Chita
Stalin organizaba sesiones privadas para ver las nuevas producciones de los directores rusos (Eisenstein, por ejemplo), y tenía que dar su aprobación personal antes de que fueran proyectadas en las pantallas soviéticas. No hace falta decir que como tuviera el día cruzado, el director de turno en el mejor de los casos podía ver todo su trabajo enviado al traste, si no enviado él mismo al gulag más alejado de Siberia. Con todo, y a pesar de las distancias ideológicas, Stalin era muy aficionado al Hollywood de las grandes estrellas, con cierta cadencia por las cintas de Tarzán y las del Oeste, sobre todo, las protagonizadas por John Wayne. Según se cuenta, se sentía muy identificado con la soledad del cowboy y sus luchas sin piedad, y aunque no dejaba títere con cabeza -por los valores capitalistas que transmitían-, no se perdía ni una. Bueno... ni él ni su gente de confianza.

Serguei Eisenstein
En una ocasión, al final de una de las sesiones cinematográficas, Stalin se levantó y espetó que Wayne era un peligro para la causa y que había que acabar con él. Fuera porque estaba como una cuba, sea por convencimiento personal, el tirano ordenó a la KGB eliminarlo.

A finales de los 40 y principios de los 50, Estados Unidos estaba inmersa en la llamada "caza de brujas" del senador McCarthy, que vio en Hollywood un auténtico nido de comunistas y otra gente de mal vivir. John Wayne, por su parte, destacó -a parte de por sus westerns- por ser un acérrimo anticomunista y hacer proselitismo de ello, lo cual le hizo granjearse la enemistad ad aeternum del filmaníaco Stalin. Para suerte del fotogénico cowboy, el FBI se enteró de la amenaza y lo vigilaba constantemente, avisando o deteniendo a las células que pretendían atentar contra él, en un número no inferior a tres veces.

Nikita Kruschev
Una de ellas, el FBI avisó a Wayne de que había un par de secuaces que iban a ir a por él. El actor, entre cansado y chulo, le pidió a los federales que dejara que se acercaran a él, ya que les iba a tender una trampa. Los secuaces de Stalin, camuflados como supuestos agentes del FBI se fueron a entrevistar con Wayne, pero su equipo cinematográfico montó un auténtico guión de película que acabó con la detención de los dos presuntos asesinos y la recreación de la ejecución de los agentes rusos en la playa. La jugarreta surtió efecto, porque según se cuenta, los agentes del KGB, a partir de entonces pasaron a colaborar con el FBI.

Stalin murió en 1953, pero nunca derogó la orden de asesinar a John Wayne. No fue hasta 1958 que, en un encuentro privado entre el actor y el nuevo presidente de la Unión Soviética, Nikita Kruschev,  que Kruschev le confesó a Wayne que la idea de asesinarlo había sido fruto de los últimos años de locura senil de Stalin. Sea como sea, le quiso tranquilizar diciendo que tan pronto como él entro en el cargo, la revocó definitivamente. Todo un descanso.

John Wayne lo tuvo en silencio
John Wayne murió de cáncer en 1979, pero nada de esto trascendió más allá de su círculo de allegados estando él en vida, justamente para evitar el marasmo mediático que podía conllevar. Rechazó toda protección policial y simplemente vivió en una casa con un muro alto. Aún, a pesar de ello, en 1966, en una visita a Vietnam, un radical del Vietcong intentó atentar contra el actor. Esta vez, según parece la orden partió del líder chino Mao Tse-Tung.

Se conoce que también era cinéfilo.



A Stalin le gustaba Wayne, pero no su ideología

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1 comentario:

vicenta acuñas guerrero dijo...

tu siempre dandonos buena información hacerca cosas que ni en sueños lo supondríamos , todo un placer leerte .