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miércoles, diciembre 15, 2010

El robo mejor castigado.

¿Usted se imagina un ladrón que comete un robo, se le captura, y lejos de condenarlo, se le recompensa? Esto parece un claro caso de corrupción del sistema judicial, si no fuese porque ocurrió en 1671, el donante del premio fue el rey inglés Carlos II y el robo fuera el de la mismísima corona real, lo cual tiene aún más mérito. Pero veamos que pasó.

Thomas Blood
Thomas Blood, un coronel irlandés descendiente de alta cuna y con más cara que espalda -cambió varias veces de bando en la guerra, lo cual le obligó a huir al extranjero diversas veces- intentó dar uno de los golpes más sonados: robar las joyas reales (corona, cetro y orbe) de la inexpugnable Torre de Londres. Habida cuenta que desde entonces no se tiene noticia de ningún intento similar de robo de las joyas reales, la peripecia no fue moco de pavo.

A principios de 1671, Blood se disfrazó de sacerdote y con la complicidad de una mujer que se hizo pasar por su esposa, fueron a visitar las joyas en la Torre de Londres. Las joyas, ubicadas en los subterráneos del citado edificio, se podían visitar pagando al guardián encargado de velar por las mismas, en este caso un hombre de 77 años llamado Talbot Edwards. 

Justo en el momento en que estaban visitando las joyas, a la supuesta mujer del sacerdote le dio un fuerte dolor de tripas. El guardián, alertado, atendió a la mujer, la cual fue invitada por la esposa de Edwards a reposar en sus aposentos que se encontraban en el piso superior. La pareja de pillos, una vez "recompuesta" la mujer, agradeció el trato a los Edward y se fueron.

En los días siguientes, Blood volvió a visitar a los Edward y entregó a la mujer del guardián cuatro pares de guantes blancos en agradecimiento a la ayuda prestada a su "esposa". Las visitas de cortesía se sucedieron en el tiempo y ello provocó que los guardianes adquirieran confianza con Blood, trabando una fuerte amistad. La principal puerta, ya estaba abierta.

Uno de los días de visita, Blood se descolgó con la posibilidad de presentarles a los Edward un ficticio sobrino suyo que podría ser casado con la hija de los guardianes. Para hacerlo más creíble, Blood no dudó en ofrecerle en dote diversos centenares de libras y así desvanecer la más mínima sospecha que pudiera tener el guardián del ajuar real.

El día 9 de mayo de 1671, el supuesto sacerdote, junto con su supuesto sobrino y un par de amigos se acercaron a la Torre de Londres y convencieron a Talbot que les enseñaran las joyas. En el momento que accedieron a la estancia donde se guardaban, redujeron al guardián a golpe de martillo y lo amordazaron. Arrancaron la reja que protegía las joyas y Blood, para poderla transportar, le dio un martillazo a la corona para rebajarla en altura y meterla en una bolsa que llevaría debajo de su atuendo sacerdotal. El cetro y el orbe lo llevarían los cómplices. Sin embargo, Edwards se había recuperado y consiguió dar la alarma.

Los ladrones pusieron pies en polvorosa, y huyeron a caballo en medio de una persecución cinematográfica. Al final, los soldados dieron alcance a Blood al cual se le había caído la corona, con tanta mala pata que su caballo se atrabancó con ella y fue a parar al suelo, lo que permitió capturarlo. Los otros ladrones fueron detenidos y se recuperó el resto de joyas. 
Blood, una vez detenido, se negó a hablar con nadie que no fuera el rey. Sorprendentemente el rey accedió a ello y le concedió una entrevista. En ella, el rey Carlos II le preguntó a Blood "¿Qué pasaría si te quitase la vida?", a lo que el ladrón espetó "¡Trataría de merecerlo, Señor!. Esta contestación digna de un "pelota" irredento y de un jeta de primera categoría, por lo visto le hizo gracia al rey. 

Pero, según parece, lo que acabó por ganarse la simpatía del rey fue que le dijo que le habían estafado con las joyas, ya que no valían las 100.000 libras en que estaban tasadas, sino solamente unas 6000. Su formidable desparpajo le había salvado una vez más. ¿Cual fue el castigo? Pues su castigo consistió en darle unas tierras en Irlanda y la concesión de una pensión vitalicia de 500 libras anuales. Lo normal en estos casos, vamos.

En realidad no se sabe el porqué de esta recompensa. Se especula con que fuera cómplice del rey, ya que en esos momentos el monarca no andaba muy boyante económicamente, pero parece que todo apunta a que Blood ejercía de agente doble del Carlos II y que su "castigo" era la recompensa a sus servicios prestados. Sea como fuere, Thomas Blood pasará a la historia por su intrépida aventura y su más aún sorprendente castigo.

Mejor para todos que no cunda demasiado el ejemplo.

La  inexpugnable Torre de Londres