Publicidad

sábado, noviembre 26, 2016

La epopeya de La Monja Alférez, el hombre bautizado Catalina de Erauso

Catalina de Erauso.
Normalmente, cuando hablamos de mujeres, sobre todo desde el punto de vista de un hombre, la imagen que se nos viene a la mente es la de una persona amable, sensible y delicada, antítesis absoluta de lo que un hombre acostumbra a ser. Esto, que puede llegar a ser medio verdad si aplicamos la teoría del punto gordo, en realidad, y visto caso por caso, acostumbra a no ser así. De hecho, una gran parte de los problemas de convivencia que ocurren en nuestra sociedad (ver El reality show de la violencia de genero) provienen de esta tendencia reduccionista a atribuir un rol y unas características absurdamente concretas según el sexo al que pertenezca el individuo, y más en un mundo en que ni tan siquiera el hecho de ser un individuo está claro (ver Quimerismo, la travesura genética que produce frankensteins). Sea como sea, el reconocimiento del papel de las mujeres en la historia, durante los últimos milenios, ha sido poco más que nulo, habida cuenta la patriarcal opresión masculina hacia ellas y, en buena parte, a la interiorización misma del papel de “mujer florero” que tradicionalmente se le ha otorgado. Aunque, siempre hay excepciones, claro. Tal es el caso de una mujer que, lejos de ser la bella mariposilla del bosque que se esperaba de ella, resultó ser un auténtico terremoto que dejaba a la altura del betún a cualquier hombre en malos modales, brutalidad y, sobre todo, en meterse en follones. Me refiero a Catalina Erauso, más conocida como “La Monja Alférez”.

Antiguo convento de San Telmo
A pesar de la importancia de la mujer en la Historia y en el desarrollo humano (ver Bertha Benz y el primer viaje en automóvil), las mujeres siempre han sido tratadas con paternalismo y condescendencia, tratándolas casi como inútiles. La falta de educación que, caso de darse, era casi exclusiva de los varones de la familia, durante siglos ha relegado a las mujeres a una situación, en que o bien se dedicaban a los asuntos de casa, o, si tenían alguna inquietud intelectual, no tenían más opción que meterse a monja para tener una mínima formación. Así las cosas, en 1589, Catalina de Erauso, hija de un importante militar vasco afincado en San Sebastián, con tan solo 4 años fue ingresada en el convento de los dominicos de la capital donostiarra. El argumento parecía seguir el de tantas mujeres que consagraban su vida a su familia o, en su defecto, a Dios, y como Catalina era feuchilla -la cual cosa no auguraba un matrimonio fácil- la vertiente religiosa parecía que sería su vida... y su tumba. Y nada más lejos de la realidad.

Donostia y La Concha
Catalina creció, pero su carácter rebelde hizo volver medio locas a las monjas, las cuales se la quitaron de encima como pudieron, endiñándosela a los monjes del monasterio de San Bartolomé, que tenían unas reglas más estrictas que las suyas. Con todo, las continuas broncas, desplantes y peleas, hicieron ver a la mujercita de 15 años en que se había convertido Catalina, que la vida monacal no era lo suyo y el 18 de marzo de 1600, encontrando la llave del convento accesible, cogía el portante y huía vestida de chico. Disfraz que no abandonaría en la vida.

De este modo, Catalina se desplazó andando a Vitoria, donde fue a parar a casa de un catedrático pariente suyo, que no la reconoció vestido de chico como iba, y que le dio cierta formación. El problema es que, entre latinajo y latinajo, el catedrático intentó violarla, lo cual provocó una nueva huida tres meses después. Huída que la llevó a Valladolid, villa donde se encontraba en aquel momento la Corte de Felipe III como fruto de la jeta de piedra berroqueña de su valido, el Duque de Lerma (ver El Duque de Lerma, la capital de España y su descarado pelotazo inmobiliario). Sea como sea, Catalina, con el nombre de Francisco de Loyola, encontró trabajo como paje del secretario del rey aunque, a los siete meses, y al encontrarse de bruces con su padre (¡y hablar con ella sin reconocerla!) decidió salir otra vez pies para qué os quiero.

Sanlúcar de Barrameda
Así, de prófuga, Catalina se dirigió primeramente a Bilbao, donde tuvo un incidente con unos mozos que la intentaron asaltar pero a los cuales repelió con una piedra, ocasionando un herido, por lo que fue arrestada durante un mes, y al salir de la cárcel, se dirigió a Estella (Navarra) donde consiguió trabajar de sirviente durante dos años. Pero eso tampoco era lo que le pedía el cuerpo y, un buen día, decidió dejarlo todo y volver a San Sebastián. Vigiló de “estrangis” lo que hacía su familia y se enroló en un barco que la (¿o debería decir “lo”?) llevó a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y de aquí, como grumete en un barco de un pariente lejano suyo, finalmente a América.

Pendenciera y aventurera
A partir de entonces, las peripecias la llevan de puerto en puerto, buscándose la vida como puede imitando la vida y maneras de los hombres, incluso prometiéndose en matrimonio con diversas mujeres (a las cuales seducía y parece que “cataba” sin que se apercibieran de que era una mujer) pero sin casarse, faltaría más. Paralelamente, se pasaba la vida yendo y viniendo de la cárcel donde le metían sus continuos duelos y bravuconadas, así como cambiando de forma constante de nombre.

De este modo, su singladura le llevó de Venezuela a Panamá, y de aquí a Perú, pasando a Chile, al servicio de los ejércitos del rey de España, donde se hizo famosa por su bravura (y brutalidad extrema) en la conquista y represión de los indios mapuches chilenos. Todo ello en su rol de hombre, y sin que se diera cuenta nadie de su condición de mujer. Condición que, según su propio relato, escondió poniéndose ungüentos que hicieron “secar” sus pechos.

Conquista de los mapuches
Tras su periplo chileno, pasó a Argentina atravesando los Andes (donde casi pierde la vida), y de aquí a Bolivia (a Potosí y La Paz), donde sus refriegas la llevaron en más de una ocasión al borde del patíbulo y a estar más tiempo pidiendo asilo en sagrado (ver La anilla salvadora del Señor de Cal Bufalà) que libre. Finalmente, fue detenida en Perú en 1623 y, para salvarse de la horca, decidió confesar su condición de mujer, siendo tal extremo corroborado por unas matronas, las cuales, además, confirmaron que era virgen. El gran secreto de Catalina de Erauso se había, finalmente, desvelado, creando un gran revuelo en la religiosa y muy católica sociedad española del momento.

Ruta de Catalina Erauso
Enviada a España, fue recibida por Felipe IV, el cual le mantuvo los rangos militares y le dio una pensión vitalicia por sus servicios a la Corona en la conquista de Chile, siendo el mismo rey el que acuñó el sobrenombre de Monja Alférez. Posteriormente, pasó a Roma, donde se entrevistó con el papa Urbano VIII el cual le concedió la prerrogativa de poder vestir de hombre legalmente, en una época en la que el travestismo estaba estrictamente prohibido.

La historia de Catalina Erauso acaba en Nueva España (lo que que es actualmente México, vamos) donde al trasladarse en 1630, monta un negocio de arrieros, que será a lo que se dedique hasta el momento de su muerte. Muerte que, si bien no se conocen los detalles, se cree que le sobrevino en 1650 en Cotaxtla (Estado de Veracruz), lugar donde los investigadores suponen igualmente que reposan sus restos.

Busto en Donostia
En conclusión, que vista desde la lejanía del tiempo, la epopeya de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, no tiene su importancia por haber sido tan burra, tan mal hablada, o tan juerguista y pendenciera como pudo serlo un hombre, ya que ello fue justo lo que produjo el revuelo en el siglo XVII. En la actualidad, el valor reside en el hecho de que alguien, en beneficio de su propia libertad sexual  (se travistió y no se le conocen amoríos con hombres, pero sí con mujeres, ergo era lesbiana) tuvo el suficiente coraje para transgredir todas las férreas normas establecidas por la tradición y hacer con su vida lo que quiso realmente. Posiblemente, no sería la vida que mejor le hubiera gustado vivir, pero en una sociedad de roles tan encorsetados, es plausible pensar que, puestos a escoger, el papel de macho camorrista y aventurero se adaptaba mejor a su forma de ser que cualquier otro.

Hoy, tal vez las cosas son diferentes, un poco más abiertas para todos, pero en un mundo cada vez más superpoblado, miedoso y desinformado como el actual, las libertades, y las sexuales las primeras, son un preciado tesoro que cuando las perdamos, las encontraremos mucho en falta.

Demasiado.


Monumento a la Monja Alférez en Orizaba (Venezuela)

Webgrafía