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sábado, junio 18, 2005

Hoy, cuento: El bingo.

Como hoy parece que lo bueno está por venir, os invito a leer un cuento que escribí hace un poco de tiempo. El final es bastante impactante. No os lo perdais.

Saludos!


EL BINGO

Siempre me he preguntado por qué las mujeres de una cierta edad tienen una especial predilección por el juego del bingo. Un juego al cual, por otro lado, no le veo ninguna cualidad ni emoción especial por la que ese segmento de población en concreto pueda tenerle semejante devoción.

Con la curiosidad morbosa de quien es asiduo a las bodas reales y a los "reality show" que dan por la televisión, me encaminé a uno de los bingos que tengo cerca de casa, con la firme decisión de desvelar tan controvertido misterio.

Al llegar a la puerta, me encontré con una pléyade de mujeres de segunda y tercera juventud que asaltaban literalmente el local. Las escaramuzas para la consecución de las mesas y los puestos más cómodos me hizo temer por mi integridad física y moral porque, la verdad sea dicha, jamás había visto a unas personas tan beligerantes y competitivas en pos de unas sencillas sillas. De hecho, tuve que sentarme en un incómodo taburete de madera desvencijado ya que, a pesar de entrar bastante antes que el grupito de diez guerrilleras que venían detrás mío, éstas ocuparon todas las cómodas butacas del salón que no estaban ocupadas previamente.

Yo no había ido nunca, pero tenía una cierta noción de cual era el "modus operandi" del juego. Y tras haber pagado el auténtico impuesto revolucionario que pedían por cada cartón, destapé mi elegantísimo bolígrafo "bic cristal" semigastado dispuesto a luchar en velocidad de reacción con mis enemigas. También tenía enemigos, pero la proporción era descomunalmente favorecedora al otrora sexo débil.

Empezó la emocionante cantinela de los números: "el doce... uno-dos, el cincuenta y cuatro... cinco-cuatro, el treinta... tres-cero, el siete... si-ete...". Al momento, un grito desgarrador, un grito lastimero como de quien le va la vida en ello, atravesó la cargada mezcla de perfume y humo de tabaco en que se había convertido el aire.

-¡Líneaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Los murmullos inundaron el local, y no se acallaron hasta que se comprobó la veracidad de la línea conseguida y repartido el dinero correspondiente. El crecidito "niño" de San Ildefonso, siguió con su emocionante y gris vomitera de números: "el ochenta... ocho-cero, el cuarenta y tres... cuatro-tres, el treinta y ocho... tres-ocho, el sesenta y uno... seis-uno, el setenta y nueve... siete-nueve...". La gente no perdía hilo de la monótona serenata y apuntaban uno tras otro todos los números que salían y que coincidían con los de sus cartones. Las miradas devoraban los cartones como el hambriento admira un esplendoroso pastel de chocolate. Yo, por el contrario, no conseguía marcar un número mientras que gente de mi alrededor ya casi tenía llenos sus cartones, por lo que mi interés por el juego era mas bien escaso, por no decir nulo.

-El dieciséis... uno-seis.

Un grito que retumbó como una explosión rompió el tenso ambiente del antro, hizo enmudecer de golpe a toda la concurrencia y me ensordeció por unos instantes.

-¡Bingooooooooooooooooooooooooo!

Mi compañera de mesa, una sesentona de avanzada década, había cantado el bingo; aunque más que cantado, se podía decir que lo había regurgitado. Jamás he visto a una persona de esa edad tan histérica por un premio, que si bien sí era un buen pellizco, tampoco era nada del otro mundo por lo cual formar semejante espectáculo. La gente no abrió boca, un silencio sepulcral se destilaba en aquella sala, pero sus ojos llenos de envidia se clavaban como espadas en aquella mujer que se revolcaba por el suelo repitiendo como una posesa "el dieciséis, el dieciséis".

La organización del sorteo confirmó que la combinación de números era la correcta y convidó a pasar por caja a la afortunada. Todo el auditorio se puso en pie y aplaudió la retirada de la mujer que con ojos llorosos se retiraba a cobrar su premio. Se hizo un pequeño descanso de cinco minutos durante el cual la gente aprovechó para encargar consumiciones varias a los camareros. Yo me quedé esperando que volvieran a repartir cartones, era posible que la gracia de este insulso juego estuviese en que empezaras a marcar tus números y te llegase a tocar, pero como apenas había marcado los cartones, tendría que esperar a otra ronda. Igual tenía mejor suerte.

Una adolescente se acercó por detrás de mí e hizo el gesto de coger el bolso que se había dejado la ganadora. Con rapidez disparé mi brazo y agarré el antebrazo de la chica en el momento que asía las asas del bolso.

-Deja el bolso ahí. No es tuyo.

La joven me asestó una diabólica mirada que me fulminó. Comenzó a chillarme airadamente.

-¡Que sí es mío! ¡Que sí! ¡Que me ha tocado el dieciséis!¡Que me ha tocado el dieciséis!

La gente a mi alrededor increpó mi proceder y me obligó a soltarla. La muchacha aprovechó su liberación para coger el bolso y salir huyendo con él debajo del brazo por una puerta contraria a la que habíamos entrado. La gente se calmó y yo me quedé en mi banqueta pensativo intentando razonar la escena. La legítima propietaria no aparecía y la gente apoyó la consumación de un delito. No lo entendía.

De repente, un gélido escalofrío me atravesó de arriba a abajo al interpretar las palabras de la ladrona y la reacción de la gente.

-¡El premio!- Exclamé.

Pasados un par de sorteos más, pude comprobar que aquí, efectivamente, residía el secreto del juego: El premio consistía, a parte de la correspondiente cifra en metálico, en algo tan sobrenatural como que la gente conseguía la edad de la última cifra que cerraba un bingo. Es decir, si acababas con un veinticinco, pasabas a tener esa edad. Resultaba espeluznante.

Las mujeres mayores jugaban al bingo, simplemente, por la posibilidad de llegar a ser mas jóvenes. El hecho de que las posibilidades de quedar con una edad parecida a la suya o incluso mayor, fueran muy superiores a las de acabar siendo unas chavalas quinceañeras, no las detenía en su afán de juventud.

Tampoco las detenía la posibilidad de llegar a ser demasiado jóvenes como para poder jugar otro bingo con el cual intentar subir la edad, en cual caso la organización se vería obligado a internar a la ganadora o ganador en un orfanato y abrirle una cuenta en una entidad bancaria con el importe del premio en metálico. Esto le pasó a una mujer que acabó con el número uno.

Esas mujeres que acudían a la sala del bingo no jugaban por dinero, no les movía el afán de lucro, ni una ludopatía; sencillamente se jugaban sus propias vidas. El bingo se había convertido, con permiso del azar, en una imprevista e imprevisible fuente de la eterna juventud.

Yo mismo, cuando tenía cincuenta y siete años, saqué un bingo con el veinte, y de eso ya hace quince años. Cuando vuelva a tener mi edad anterior volveremos a hacer una visita al bingo para probar suerte. Pero hasta entonces... ¡A vivir!

3 comentarios:

malaputa dijo...

Yo puede que llegada a cierta edad también jugaría...

odyseo dijo...

y donde dices que queda ese bingo? ;-))

DZ dijo...

Es un cuento cojonudo, me ha encantado.