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domingo, diciembre 19, 2010

Missoula, un cataclismo hecho riada.

Normalmente, la superficie de la tierra ha sido modelada por el constante ir y venir de los agentes atmosféricos y geológicos en un lento devenir de millones de años. Sin embargo, no todo ha sido placidez y constancia a la hora de formar según qué parajes, donde la tierra se ha visto modificada de forma súbita y violenta. Lo primero que se nos viene a la mente son volcanes o terremotos, pero el agua puede llegar a ser tan incontrolable como una erupción y muchas veces más peligrosa todavía. Tal es el caso del Lago Missoula.

Esquema marcando el dique de hielo.

Hace entre 7.000 y 10.000 años, en el hemisferio norte, se estaba batiendo en retirada el gran casquete polar que se había formado debido a la última glaciación. Aún, a pesar del retroceso, los glaciares continuaban bajando desde este poderosísimo casquete en su continuo descenso de valles y montañas. En algunos casos, estos glaciares generaban auténticos diques que al barrar el desagüe de las aguas de fusión del casquete formaban tras de sí extensos lagos como el Missoula, ubicado al borde de la gran masa polar boreal, actualmente en el estado de Montana (EE.UU.).

Este lago, represado por una gran lengua de hielo que podía llegar hasta los 650 m de altura, tenia unas dimensiones considerables. Con una superficie de 7.770 km2, albergaba hasta 2.100 km3 de agua, o lo que es lo mismo, la mitad del lago Míchigan. Esta gran cantidad de agua embalsada debía generar una fuerte presión sobre la pared del dique que lo encerraba, con el consiguiente peligro de colapso de la masa de hielo. Lo peor del asunto es que se han encontrado signos geológicos que evidencian que así pasó, provocando la mayor inundación de la que jamás se haya tenido conocimiento.

Marcas de antiguas orillas del Missoula.
Los datos son, sencillamente, escalofriantes. La rotura del dique de 650 m. de altura provocó un aluvión de agua que descendía hacia el Pacífico en un caudal de 40 o 60 km3 de agua por hora y una velocidad de 60 km/h, llegando a un máximo de 130 km/h. Esta inimaginable arroyada, precedida por una imponente onda de presión, generó la energía que produciría una bomba de 4.500 megatones, tardando muy pocas horas en llegar a la costa del Pacífico, por el actual curso del río Columbia, a más de 500 km de la zona de rotura del dique. Nada se resistía al avance de unas aguas desbocadas, que al llegar a su desembocadura arrastraba sus sedimentos a más de 2.000 kms mar adentro.

Megaondulaciones.
El cataclismo fue total y absoluto y hoy día aún se pueden observar las señales dejadas en los fondos de los valles excavados por la riada. Ondulaciones (llamadas Ripples) como las dejadas en la arena de las playas por las olas, pero de tamaño de decenas de metros; rocas inmensas transportadas lejos de su fuente de origen debido a los icebergs que arrastraba el agua; cascadas de 120 m de alto y diez veces más largas que las del Niágara, actualmente secas e inútiles, pero que en su momento hicieron de escalón a una capa de agua de más de 90 metros de altura en caída libre a 100 km/h; grandes cañones excavados en el loess periglacial y en las rocas volcánicas subyacentes, que canalizaban y daban impulso a las aguas y que son todas ellas visibles hoy día.

Rocas trasportadas por la riada.
Es prácticamente imposible para nosotros hacerse a la idea del espectáculo que significa semejante monstruo, el bramido del cual se podía escuchar a más de 30 kms de distancia. También hay que decir que nada ni nadie que estuviera en la capacidad de verlo en primera fila sería capaz de contarlo. La naturaleza, con una violencia sin igual en la capa de la tierra no quería testigos. Y si difícilmente concebimos una riada de proporciones bíblicas... ¿se puede imaginar que el mismo cataclismo se produjera más de 40 veces? "Too much pal body", que diría un castizo.

Efectivamente, una serie de geólogos, entre ellos el español Gerardo Benito, Profesor de Investigación del Centro de Ciencias Ambientales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, determinaron que estas riadas se producían cíclicamente. A cada rotura del dique de hielo que cerraba el lago se sucedía un periodo de relativa calma que permitía a la lengua glaciar avanzar por su valle y provocar un nuevo cierre, represando el agua que bajaba por el valle en el que desembocaba y creciendo el nivel hasta que la presión de base del agua provocaba una nueva rotura y, por tanto, una nueva megainundación

Capas de inundaciones consecutivas.
Según se tiene constancia, el proceso se repitió hasta una cuarentena de veces durante un periodo de 2.000 años, hasta que el retroceso generalizado del casquete glacial impidió la formación de nuevos diques y dejó a todo el sistema sin utilidad ninguna, pero dejando el testimonio inerte de la violencia que puede tener la naturaleza en un momento dado y, para la cual, no estamos ni siquiera preparados para concebir.


La geología se ha movido siempre entre el Uniformismo (lo que actúa hoy, ha actuado siempre) y un Catastrofismo que implicaba un cataclismo a cada modelado de la corteza terrestre. Actualmente, parece claro que la Tierra se ha movido por los dos parámetros cuando mejor le ha convenido y que los estudios cada vez más detallados de los restos que encontramos nos llevan a un conocimiento cada vez más preciso de nuestro medio ambiente, sorprendiéndonos y lo que es peor, inquietándonos, a cada nuevo paso.


Dry Falls, 5 km de antiguas cataratas.

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