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lunes, mayo 05, 2014

El alcalde que le echó un órdago a Dios... y ganó

Misa rogativa en México
La religión, en la sociedad humana, tradicionalmente ha tenido el papel de ser el nexo de comunicación entre los hombres y los dioses. Habitualmente, la impotencia y la ignorancia de los procesos naturales que rigen la naturaleza hacen que la mente busque como sea una explicación racional, echando mano de seres superiores a nosotros que controlan nuestra vida a su libre albedrío. Lo hicieron los sumerios, los griegos, los egipcios, los romanos, los mayas... y lo siguen haciendo en la actualidad todo tipo de religiones, sectas y demás agrupaciones similares, sin haber cambiado mucho más que los medios con que captar acólitos. Toda esta situación hace que la gente vea en Dios o en los santos a unos ídolos a los cuales implorar misericordia humildemente esperando ser beneficiados por su infinito poderío. Sin embargo, la paciencia y la humillación humana ante el Altísimo tiene un límite, como pasó en México en 1833, que un alcalde le puso las peras a cuarto al mismísimo Dios.

Tierras cuarteadas
En el año 1833, México era un país agrícola que si bien había declarado la independencia de España unos años atrás, aún no había sido reconocida por la "Madre Patria", la cual no se resignaba a perder sus derechos sobre aquellos territorios. Sea como sea, el grueso de la población, agricultores a tiempo completo, tampoco le afectaba mucho el pertenecer a unos u otros, habida cuenta que ya fuera con unos o fuera con otros, los problemas para poner un plato en la mesa los iban a tener igual. Por suerte, el recurso de implorar a Dios, a la Virgen de Guadalupe o a cualquier santo, no les faltaba, y quieras que no ello siempre reconforta, sobre todo si a lo máximo que te dejan aspirar es a llegar al día siguiente. Pero cuando las cosas van mal, siempre existe espacio para empeorarse y, en este caso, la meteorología hacía de las suyas.

En negro, estado de Chiapas
México, al encontrarse en una zona tropical, a caballo entre las influencias de las corrientes frías del Pacífico y el cálido Caribe es conocido por el "extremismo" del tiempo, pasando sin solución de continuidad desde los huracanes más rabiosos a las sequías más pertinaces. Y en una de estas idas y venidas del Niño y la Niña estaba el cielo en aquel 1833, en que tocaba un durísimo estiaje que afectaba a la zona sur de México, sobre todo el estado de Chiapas.

Plaga de langostas
En este estado, conocido hoy por sus problemas de pobreza relacionados con los pueblos indígenas que allí viven, se encontraba el pequeño pueblo de Las Castañas -en la actualidad un pequeño villorrio casi abandonado perteneciente a la ciudad de Palenque- y si ahora es una zona pobre, imagínese como era por aquel entonces. El hecho de que desde dos años antes hubiesen tenido que padecer una sequía tremenda con la guinda en forma de plagas de langostas, que arruinaban continuamente las cosechas, hacían que sus habitantes se dirigieran tanto a las iglesias como al cielo para que aquella maldición acabara.

Campos agostados
La gente del pueblo, devoto como él solo, sacaron repetidamente en procesión todas las imágenes de santos, cristos y vírgenes que tenían a disposición en forma de rogativa, pero aquello se alargaba y alargaba, agostando las cosechas y sumiendo al pueblo en la desesperación más absoluta. Parecía que los de allí arriba estaban más sordos que una tapia

Tal era el grado de cabreo de la población, que el Alcalde Mayor de Las Castañas decidió poner toda la carne en el asador, y en vistas que por más que hacían rogativas, por más que oraban, por más que hacían penitencia, aquella sequía no se acababa, puso las cartas sobre la mesa y escribió un bando que publicó en un diario local (posiblemente "El Fénix de la Libertad") en estos sorprendentes y radicales términos:

Art. 1. Si en ocho días desde la fecha no llueve abundantemente, nadie irá a misa ni rezará.

Art. 2. Si la sequía dura ocho días más, serán quemadas las iglesias, convenios, capillas...

Art. 3. Si tampoco llueve en otros ocho días, serán degollados los clérigos, frailes, monjas, beatas y santurrones.

Y por si todo ello fuera poco, el Alcalde añadió:

“Y por el presente se conceden facultades para cometer toda clase de pecados, para que el Supremo Hacedor entienda con quién tiene que vérselas.” 

O se secan o se inundan
Ante tal órdago de un vulgar mortal a Dios Todopoderoso y a todos sus representantes terrestres, por lo visto el Altísimo se curó repentinamente de su "sordera", ya que cuentan los cronistas que finalmente llovió en los siguientes tres días. Eso si, llover llovió... ¡y cómo! Tal fueron las lluvias que precedieron a tan osado bando que el pueblo se vio afectado por inundaciones que se dice que acabaron con la vida de 100 de los 500 habitantes de Las Castañas. Si querían agua, tuvieron hasta hartarse.

El ser humano ha desarrollado la fe religiosa para explicar lo inexplicable y mitigar la impotencia ante las todopoderosas fuerzas naturales. Sin embargo, cuando las circunstancias sobrepasan incluso los límites de humillación que el hombre considera "derecho divino" se rebela contra él y, aunque desde un punto de vista actual parezca ridículo, para una sociedad tan creyente como la del primer tercio del s.XIX, el bando del alcalde de Las Castañas fue un auténtico acto de rebeldía contra el máximo poder en la Tierra.

En aquel entonces Dios mandaba en la vida de los hombres y acabó cediendo; hoy lo hacen los bancos... y visto está que están haciendo caso omiso al sufrimiento del pueblo.

¿Cuando veremos un bando similar emitido por algún osado alcalde?


¿Aprendió Dios a escuchar las oraciones de los agricultores?

Webgrafía

2 comentarios:

Leandro Peralta dijo...

Muy interesante relato. Le felicito su narrativa y elegante uso del idioma.
Saludos desde Buenos Aires.

Ireneu Castillo dijo...

Muchas gracias, Leandro. Un auténtico placer tenerle por lector. Un saludo! :-)