L'Hospitalet es Llobregat, crónica de una ruta ciclista iniciática.

Cartel de la ruta ciclista por el río Llobregat
Cartel de la ruta ciclista por el río Llobregat
Pisar el territorio que habitamos es un sano ejercicio que deberíamos hacer más de lo que lo hacemos. Una cosa es meternos en el metro, coger un atestado autobús, o chuparse la más inclemente caravana yendo en nuestro coche, y otra es tomarnos una mañana de domingo o de cualquier día festivo, montarnos en la bicicleta y, aprovechando la cada vez más extensa red de carriles bici que nos rodea, visitar nuestro entorno inmediato con calma y tranquilidad. Yo, ya lo hago con bastante frecuencia, dado que los caminos que rodean el río Llobregat son mi zona habitual de ejercicio durante la semana y me lo conozco bien. No obstante, el pasado domingo día 24 de mayo, y aprovechando que al día siguiente era la Segunda Pascua y era festivo, lancé el guante a mis redes de acompañarme a llegar desde L'H-Centre a la desembocadura del Llobregat en bicicleta, a la vez que les hacía de Cicerone explicando por qué L'Hospitalet es del Llobregat. ¡Y allá que lo lancé!

Conociendo que el grueso de mis seguidores son mayores de 40 años, poco deportistas, y que eso de coger la bici (el que tenga) y meterse entre pecho y espalda casi 30 km era hacer oposiciones a no sentarse en condiciones durante una semana, tenía más que interiorizado que iba a ir solo como cada día que salgo a hacer kilómetros con mi bici. Pues me equivocaba: hubo dos valientes, uno de Pubilla Cases y otro de La Florida, que me recogieron el guante. ¿Quién dijo miedo?¡Adelante!

Así las cosas, saliendo de la Plaza de La Remunta, cogimos el carril bici hacia Cornellà, girando a izquierda frente la entrada del parque de Can Mercader hacia el Corte Inglés de Almeda. En llegando a este centro comercial giramos a la derecha para coger el Passeig dels Ferrocarrils Catalans hasta llegar a la altura de la estación de Almeda, donde giramos a la izquierda para coger la calle Tirso de Molina. Calle cuyo carril bici, y tras 2,5 km, nos llevó prácticamente directos al Splau y el campo del Espanyol. Aquí tuvimos la primera parada...y no fue para disfrutar del paisaje que digamos.

Efectivamente, en uno de los pasos de peatones, un ciclista y un automovilista no tuvieron mejor idea que liarse a mamporros entre ellos en medio de la calle por cuenta de un incidente que yo, centrado en guiar la ruta, he de reconocer que no vi. Lo que si vi fue a uno de mis compañeros, tirar la bicicleta y, de forma encomiable, salir corriendo a separarlos. Según parece, el ciclista cruzó el paso de peatones montado en la bici y al del coche no le dio la gana de pararse y chocaron... poniéndose ambos a repartirse lindezas y tortazos con tal fruición que casi nos alcanzan a nosotros sin comerlo ni beberlo. Calmadas las aguas mínimamente, y tras el bochornoso espectáculo que solo sirvió para confirmar que en este mundo hay demasiada testosterona mal resuelta y que las neuronas cotizan más caras que las quisquillas, seguimos sin más inconveniente con la ruta.
 
Ya un poco recompuestos del inesperado show, seguimos adelante por el carril bici hasta la calle Verge de Montserrat. En este punto giramos a la izquierda para, después de superar el pronunciado repechón de acceso, cruzar la pasarela que atraviesa los 8 carriles de la autovía, las tres vías de tren y el cauce del Llobregat para llevarnos hasta la pista de tierra que recorre el dique de la orilla derecha, ya en territorio del Prat. 

La primera parada "oficial" la hice en el Mirador de Cal Monjo (km 4,3 de la ruta), frente al estadio del Espanyol, donde expliqué por qué tiene una portería en Cornellà y otra en el Prat (ver La Marrada, el meandro olvidado de Cornellà-El Prat) y por qué íbamos por un dique de 8 metros de altura respecto el nivel del río. Abreviada la parada convenientemente debido al sol que caía, la gran cantidad de gente que utiliza la zona como lugar de ocio los días festivos nos hizo dejar el dique y tomar la pista asfaltada paralela dirección desembocadura hasta la Autovía de Castelldefels. Bajo su puente (km 6,5) hice otra parada para hacer notar el súbito estrechamiento a casi la mitad del cauce del río que se produce en este lugar, así como los problemas de inundación que ello produciría en caso de riadas.

Reemprendida de nuevo la marcha, seguimos en el dique (aquí llamado Camí del Sorral) y circulamos cómodamente hasta bajo el Puente de Nelson Mandela (km 8,7 -ver El puente de Nelson Mandela, el monumental último puente del río Llobregat), donde expliqué el desvío del tramo final del río y los graves problemas con los sedimentos que hay en esta zona (ver El desvío del río Llobregat, crónica de una fangosa irresponsabilidad). Seguimos adelante y, debido a que uno de los expedicionarios no conocía la chocante sensación de ver pasar los aviones a poca altura, nos desviamos hacia el Mirador del Aeropuerto (km 10,5) para volver sobre nuestros pasos y dirigirnos, siguiendo la pista que va paralela al tramo final del Canal de la Dreta, a nuestro destino en el Mirador de la Bunyola (km 13,1) y disfrutar de las tremendas vistas del delta que hay desde esta torreta. 

Después de un rato, retomamos a la inversa prácticamente el mismo camino que habíamos hecho a la ida, si bien pasamos por la plataforma cementada de la orilla del río frente el casco urbano del Prat y, al llegar a la Autovía de Castelldefels, cruzar el puente remontando el Llobregat por el dique de la orilla izquierda. Una última parada bajo el puente de la B-20 (km 19,8) me sirvió para explicar que el último kilómetro por el cual habíamos circulado pertenecía a L'Hospitalet y que tenía orilla en el río, por lo que tenía todo el sentido del mundo que nuestra ciudad se llamara "de Llobregat". Continuada la marcha, reseguimos la vía de ida desde la pasarela del río, para acabar tras 3h 15' de pedalada, en el punto de partida en La Remunta.

En definitiva, un paseo en bicicleta muy agradable en un día soleado de primavera en que, además de tener la oportunidad de conocer a dos magníficos compañeros de ruta, pudimos disfrutar de nuestro maltrecho entorno natural haciendo un poco de ejercicio. Sin olvidarme, claro está, de la siempre inestimable oportunidad de poder explicar, una vez más, el contexto geográfico e histórico de nuestra denostada y nunca bien comprendida ciudad de L'Hospitalet.

Una forma agradable de conocer el territorio que habitamos
Una forma agradable de conocer el territorio que habitamos

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